Por un arte menos politizado
08 de Noviembre de 2019;
En estos tiempos están produciéndose ciertos hechos con respecto al arte y a la política, digámoslo así; se trata de intentar, aunque siempre es difícil, que la política no inunde el arte para que dicho arte no se convierta en propaganda.

De siempre la política, el poder, y el arte, han coqueteado, y la verdad que es un hecho un poco desagradable para el "artista de bien", que a veces se siente utilizado por otro tipo de poderes más allá de lo que el propio arte puede significar, con un vaivén de sus obras o ciertos encargos que no satisfacen más que mundanos y estancos intereses políticos. Así, podemos mencionar que en la antigüedad era un mecanismo necesario para realizar y dar lustre a ciertas obras el tener contento al aparato político de turno; podemos mencionar que sin el aprobado del gobierno ateniense Fidias jamás podría haber decorado con sus esculturas el Partenón. Tampoco Miguel Ángel, sin encargos grandiosos por parte de la Iglesia, podría haber desarrollado gran parte de su arte. En fin, Velázquez tuvo que conseguir trabajo en la corte como pintor de cámara para poder destacar algo.

Es decir, el poder y el dinero siempre están ávidos de convencer a los artistas para utilizar su arte como pura propaganda, sobre todo cuando ese poder y ese dinero carecen en toda medida de un cierto gusto. El pobre Rembrandt tuvo que rebajar su caché muchísimo cuando la Iglesia católica dejó de hacer encargos a los artistas por desaparecer en su tierra natal, y es muy normal, como hemos podido comprobar en este breve repaso, que en tiempos más antiguos el poder siempre haya arropado de una otra forma al arte con motivos propagandísticos.

Ay, pero... ¿Es que alguien todavía no se ha dado cuenta de que en realidad no era Felipe IV el que encargaba sus retratos a Velázquez, sino que era Velázquez el que había elegido a Felipe IV como modelo? Esto viene a señalar la fuerza del arte y de su historia, que sobresale por encima de cualquier disciplina en este mundo conocido u otros por conocer, incluso por encima del poder o el dinero, que se desvanece con la muerte de sus efímeros poseedores. El poder se desvanece incluso en vida, y el dinero, pues también. Cuando uno se va al agujero nada de esto se mantiene.

Por ejemplo podemos mencionar de la misma manera la obra colectiva Las mil y una noches, acuñada definitivamente por el francés Antoine Galland. Pues bien, el esquema bueno es bueno, bueno es despojado de algo que tenía por el malo, bueno pasa dificultades, y finalmente bueno gana al malo, es casi más antiguo que la propia literatura misma. Y funciona. Y por ejemplo Hollywood venía siguiendo este esquema y le iba bien. ¿Por qué habría de cambiarse? Es algo que gusta al público en general y que hace que el que lo emita guste también, en nuestro pequeño mundo, sin entrar en otras consideraciones políticas más apegadas a lo terrenal.

Es por ello que, aunque es difícil (incluso el grupo creativo que sustenta estas líneas no cumple siempre este precepto), queremos desde este medio hacer una petición a todos aquellos poderes fácticos del mundo: Por favor que no se note tanto la mano política y propagandística de la esencia de una obra de arte porque suele provocar rechazo en un cierto momento y tiende a engrisecer la propia obra. El arte es libre, el arte debería hablar del amor, de las dificultades, del triunfo, y no de a quién vamos a votar en las próximas elecciones. Porque si no no será arte, será propaganda.
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