Jamiroquai

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Él es la bomba deportiva musicalmente hablando. Es un fenómeno. Un genio. Se mueve como los ángeles, canta también como los ángeles, es simpático, majo, delgaducho, cae bien y hace una música estupenda. Es un triunfador del siglo XXI. Últimamente, además, le gusta hacer mucho el indio (ver foto).

El fenómeno Jay Kay (hay mucha confusión entre el nombre de la banda y el suyo propio) nace en el underground londinense. Una banda que a principios de los 90 comienza a circular por el circuito del acid jazz trata de hacerse camino en el difícil (pero amable a veces) mundo de la música. Liderados por un chaval bajito y poca cosa la formación surge de la nada entre movimientos de snow board y bailes que no se sabe de dónde han salido. Su primer disco, una alegoría al desarrollo sostenible, se lanza a la calle y... cala entre los entendidos del jazz.

Curioso. Pero su camino hacia la gloria seguía gestándose. Pasito a pasito. Como comentamos, este primer álbum era un poco más selecto, más entendido, para mentes refinadas, no para el gran público. Mezclando sonidos de diversa procedencia con el acid jazz como base y la inclusión de algún que otro Digeridoo, sentaba los pilares del sonido Jay al que ahora estamos acostumbrados. En él ya su cantante daba las primeras muestras de habilidad a la hora de bailar con unos movimientos casi espasmódicos, procedentes de la cultura del hip-hop pero remezclados con su saber hacer y un punto de frescura y novedad.

Su estilo seguía buscándose, aunque hacía mucho tiempo que se había encontrado. Dieron con la fórmula mágica. Bastó con seguir por el camino ya trazado, para que con su tercer álbum Jay se cubriera de gloria y el mundo se postrara a sus pies. Algunos dicen que tal vez su música dio un giro más comercialote, pero más bien parece que era el propio estilo el que les llevó a su sonido actual. Esa mezcla de funky-soul-rap-rmb que muchos buscan pero no encuentran y que Jay supo hallar a la primera.

Pero no es sólo su música en seco, sino toda su personalidad en general. Está claro que tiene sus preferencias, como las zapatillas deportivas, los chándals y demás indumentaria hiphopera, el snow, como deporte de inspiración y sustrato musical, y algunos otros toques personales. Además, su pasión por los gorros extravagantes de diversa procedencia, algunos de influencia canadiense, pero otros influencia india (de norteamérica). E incluso el gorrito con los cuernecitos que le hace parecer un diablillo majete fue su estandarte durante mucho tiempo.

Y, finalmente, su baile. Personalísimo, especial, sincero, fresco, genuino, sincopado, grandioso. Pocos artistas han demostrado con sus coreografías lo que Jay ha puesto sobre el tapete. Está a la altura de Michael Jackson y Elvis Presley, con su baile característico también, e incluso los míticos golpecitos en el pecho de Julio Iglesias. Jay Kay es la bomba deportiva y todavía le quedan muchos hilos por mover.
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