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El tradicional campo de batalla se ha trasladado al mundo de la cultura

14 de Octubre de 2021;
En estos días que corren llegan a la editorial de este medio de comunicación gran cantidad de propuestas "culturales", libros, películas, pinturas, de todo, que tienen un trasfondo "de guerrilla urbana" ya que quieren, por encima de la calidad intrínseca de la obra, proponer, o en peor medida, imponer, un determinado tipo de pensamiento.

Así, vemos cómo por ejemplo últimamente salen en los periódicos casos de escritoras que no quieren que sus novelas se publiquen en Israel para boicotear determinados actos presentes de esta cultura. Es el caso de la irlandesa Sally Rooney. También vemos en la prensa cómo han despedido a un profesor de universidad por mostrar una película en concreto a sus alumnos, calificada como racista. E incluso vemos cómo los mismísimos The Rolling Stones tienen que hacer acrobacias para mantener en pie algunas de sus canciones escritas en su época más lisérgica y poder tocar determinados temas en sus conciertos actuales.

Por descontado dejamos de lado la polémica de si Superman será gay o no en sus próximos comics y la permisividad que hay, en sentido contrario, hacia las letras machistas del reguetón. En fin.

Todo esto es un batiburrillo donde cada uno trata de gritar más alto y de imponer su criterio, un criterio muchas veces o bien sesgado o bien infantil, a juicio del que escribe estas líneas, ya sea de un bando u otro. Pero, ¿quién está sufriendo verdaderamente el hecho de que el campo de batalla se haya convertido en ideológico y se haya trasladado al mundo de la cultura, ahora que prácticamente no hay guerras en occidente, ni civiles ni entre diferentes países? Pues es bastante claro que la incursión política en el mundo de la cultura hace que los creadores clásicos, aquellos que quieren hacer obras de arte bonitas e interesantes, con altura artística, sin importarles si pecan un poco de una cosa u otra en particular, son los perjudicados en esta nueva forma de guerra ideológica donde todo vale y donde se trata de gritar lo más alto posible, ya que el contenido en esta nueva tesitura, normalmente, suele ser bastante anodino (nos referimos a las películas u obras literarias en sí mismas).

Los premios cinematográficos ya no se centran en la calidad; son en realidad unos de los primeros en haber cedido espacio para que se desarrolle la batalla ideológica. De hecho, ya nada tiene calidad, ni altura artística. Más bien es un "totum revolutum" continuo donde, como ya hemos dicho, se intentan imponer y gritar de manera bastante incoherente distintas teorías ideológicas.

Atrás quedan esos días donde las películas eran eso, películas, buenas; se intentaba entretener, emocionar, buscar altura cinematográfica; recordemos a parte de la obra de Steven Spielberg, su Tiburón o su E.T. No queda hoy nada de eso. Lo único que queda es el enfrentamiento, la exaltación del grito y el ruido permanente. Pues ha de saber el público en general que esta revista no va a entrar en dicha batalla ideológica, le cueste lo que le cueste.
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