Estás leyendo... El libro de la selva

Kaa sale de caza
Leopardo, haces de tus manchas gala.
Búfalo, enamorado de tus cuernos;
como el agua que corre en la cañada,
mantén limpia tu piel y tus recuerdos.
Nada importa si un toro te voltea,
si el furor hunde su saña en tu cuerpo.
Sigue siempre el camino de tu empeño.
Una batalla nunca fue una guerra.
Ten piedad de los cachorros ajenos.
Tu padre los convidará a su mesa.
Son torpes, despreciables por pequeños.
Hijos son de la osa y su fiereza.
Orgulloso está el cachorro de su presa,
primera hazaña de un bravo montero.
Viviendo la grandeza de la Selva,
imitará la humildad del romero.
(Máximas de Baloo)
TODO LO QUE VAMOS A CONTAR AHORA sucedió no mucho tiempo antes de que Mowgli fuera arrojado de la manada y de su venganza contra Shere Khan. Baloo le enseñaba la Ley de la Selva. El oso pardo, adusto, viejo, inmenso, se sentía orgulloso de tener un discípulo tan inteligente. Normalmente, los lobatos aprenden sólo lo que hace referencia a las necesidades de su manada. Es lo único que les interesa de la Ley de la Selva. De la mítica Canción de Caza sólo memorizan: Pies silenciosos, ojos que traspasan la noche, orejas capaces de distinguir los distintos ruidos y a distancia, los dientes listos, esto es lo que caracteriza a nuestros hermanos. Todos somos así, menos Tabaqui, el chacal, y la hiena, a la que odiamos con toda el alma.
Mowgli ya era un hombrecito, necesitaba aprender mucho más. Bagheera sentía una gran curiosidad por ver los progresos del cachorro humano al que tanto quería. Descansaba contra un árbol y ronroneaba mientras escuchaba gustosamente cómo Mowgli recitaba su lección a Baloo.
Trepaba a los árboles ágilmente. Era para él un ejercicio tan normal como andar. Nadar y correr no tenían secretos para él. Por eso Baloo le enseñó la Ley del Bosque y la del Agua; la ciencia de distinguir una rama sana de una carcomida; la de hablar suavemente a las abejas salvajes cuando tuviera que pasar por debajo de una de sus colmenas, suspendida unos metros por encima de su cabeza; lo que tenía que decir a Mang, el murciélago, cuando éste se empeñara en no dejarlo descansar durante el día, y el lenguaje que tenía que emplear con las serpientes de agua antes de lanzarse a una laguna entre ellas.
Fue muy sabia para Mowgli la consigna del Cazador extraño. Hay que repetirla en voz alta hasta que alguien conteste: Dadme permiso para cazar en este territorio. Tengo hambre. La respuesta tiene que ser: Caza, pero solamente para comer. No busques en la caza tu diversión.
Ya veis la cantidad de cosas que tuvo que aprender Mowgli, y aprenderlas de memoria. Se cansaba, pues había cosas que tenía que repetir hasta cien veces. Hasta hubo un día en que Baloo le pegó. Cuando Mowgli se fue malhumorado, Baloo le dijo a Bagheera:
—Una cría humana es una cría humana. Debo enseñarle toda la Ley de la Selva. Debe aprender más que nadie.
—Pero ten en cuenta que es todavía un cachorro —dijo Bagheera enternecida. Hubiera llenado de mimos a Mowgli de haber estado encargada de su educación—. Su cabeza es todavía pequeña y tus enseñanzas demasiado largas. No le pueden entrar en ella.
—Tú sabes que en la Selva pueden ser una presa hasta las criaturas más pequeñas. Eso es lo que trato de que Mowgli vaya aprendiendo. Y por eso le pego alguna vez. Pero siempre con amor, si es que, distraído, olvida algo.
—Hablas de suavidad y tienes las patas de hierro —gruñó Bagheera—. Hoy le has dejado toda la cara marcada. Y hablas de suavidad.
—Prefiero marcarle yo, llenarle la cara de cardenales, yo que lo quiero, que no verlo sufriendo por desconocer algo —contestó Baloo muy seriamente—. En estos momentos le enseño las Palabras Mágicas de la Selva. Éstas lo protegerán contra los pájaros enemigos, contra las serpientes, contra todo cazador, excepto contra los de su propia manada. Basta con que de ahora en adelante recuerde estas palabras y estará seguro en todas partes. Y ahora dime si no vale la pena que reciba algunos golpes.
—Pero ten cuidado, porque tú eres capaz de matar al cachorro de hombre. No lo confundas con un tronco de árbol y afiles en él tus garras. Explícame qué Palabras Mágicas son ésas. Normalmente seré yo quien preste ayuda en vez de pedirla —y mientras hablaba, dejaba ver sus terribles garras—. De todos modos me gustaría conocerlas.
—Que sea el mismo Mowgli quien te las aclare, suponiendo que esté de humor para hacerlo. Ven aquí, pequeño.
—Me zumba la cabeza como si tuviera en ella un enjambre —dijo una voz fina y malhumorada. Era Mowgli, que se deslizaba por el' tronco de un árbol y bajaba a tierra.
—Y que conste que si vengo es por Bagheera y no por ti, Baloo, saco de grasa.
—No doy importancia a lo que dices —dijo Baloo, que realmente se sintió herido por las palabras de Mowgli—. Repítele a Bagheera las Palabras Mágicas de la Selva que has aprendido hoy conmigo.
—Las Palabras Mágicas forman un conjunto de lenguajes, hablados por diferentes pueblos. ¿Qué lenguaje debo hablar? Sabes que hay muchos, y los sé todos.
—Sabes algo. Menos de lo que crees. Está claro, Bagheera. No hay un solo lobato que se muestre agradecido con quien le enseña. Nadie da las gracias a Baloo. Habla de las palabras que se refieren al Pueblo Cazador.
—Los dos llevamos la misma sangre —dijo Mowgli imitando el acento de oso de todos los que cazan en ese territorio.
—Continúa con las de los Pájaros.
Mowgli las repitió. Y al final silbó como lo hace el buitre.
—Ahora quiero que me digas las de las Serpientes —dijo Bagheera.
Mowgli contestó con un silbido imposible de describir. Hizo luego una pirueta salvaje, él mismo aplaudió su propia habilidad y se colocó de un salto a lomos de Bagheera. Se quedó de medio lado, golpeó con los talones el flanco de la pantera e hizo unas muecas horrorosas a Baloo.
—Veo que te has ganado limpiamente los cardenales —dijo lleno de ternura el oso—. Ya te sentirás agradecido algún día.
Le explicó a Bagheera, volviéndose hacia ella, cómo había pedido a Hathi, el más sabio de todos los elefantes, el que lo sabe todo, que llevara a Mowgli a una laguna. Una serpiente de agua había explicado a Mowgli su lenguaje. Baloo era incapaz de pronunciar las palabras de las Serpientes.
Mowgli estaba a salvo de todo lo que de malo se le pudiera presentar en la Selva. Ningún animal le haría daño alguno, ni las serpientes, ni los pájaros, ni las fieras.
—Ya a nadie tiene que temer —dijo Baloo, golpeando suavemente su vientre gordo y peludo.
—A nadie, salvo a los miembros de su propia manada —dijo Bagheera en voz baja. Luego se dirigió en voz más fuerte a Mowgli— ¿Qué haces con mis costillas, amigo? ¿Se puede saber por qué bailas de ese modo?
Mowgli intentaba hacerse oír por Bagheera y para conseguirlo le estiraba la piel y bailaba furiosamente sobre ella.
Cuando lo logró, gritó:
—Me van a dar una tribu. Y la dirigiré por entre las ramas de los árboles.
—Ya estamos con una de tus locuras. No sueñes —dijo Bagheera.
—Podré tirar ramas y toda clase de objetos sucios a Baloo —dijo Mowgli—. Es la promesa que me han hecho.
—¡Wufffl —la pata peluda y enorme de Baloo arrojó a Mowgli del lomo de Bagheera donde estaba tan contento. Quedó tendido ante las patas delanteras de la pantera y se dio cuenta del mal humor que había despertado en Baloo.
—Mowgli —le dijo Baloo—, has hablado con el Pueblo de los Monos, los Bandar–log.
Mowgli fijó sus ojos en Bagheera. Quería saber si la pantera se había enfadado también. La expresión de sus pupilas era de enorme dureza. Brillaban como piedras de jade.
—Has estado con el Pueblo de los Monos; los despreciables monos grises, los sin Ley; los que comen todas las porquerías que encuentran. Es una vergüenza.
—Baloo me pegó en la cabeza —dijo Mowgli. Seguía aún tendido de espaldas—. Me marché y los monos grises bajaron rápidamente de los árboles, se acercaron y tuvieron compasión de mí. Fueron los únicos que mostraron tales sentimientos —al decir esto se veía que estaba profundamente dolido.
—Hablas de la compasión de los monos —dijo molesto Baloo—. Es como hablarme de la paz de las aguas que se despeñan torrencialmente desde la cumbre del monte. O como si me hablaras de la frescura del sol en verano. Ahora dinos qué ocurrió luego.
—Después me dieron nueces y otras cosas de un sabor exquisito. Me llevaron en brazos a lo más alto de los árboles. Me aseguraron que eran mis hermanos. Había una pequeña diferencia entre nosotros: que yo no tenía cola como ellos. Hablaron seriamente de que algún día yo sería su jefe.
—Mienten en esta ocasión como siempre. Jamás han tenido jefe —dijo Bagheera en el colmo de la indignación.
—Fueron maravillosamente amables conmigo. Me insistieron que querían que volviera a verlos. ¿Por qué siempre me habéis tenido apartado del Pueblo de los Monos? Es cierto que se parecen a mí. Andan sobre dos pies como yo. No me pegan ni tienen las patas duras. Su día es una pura diversión. Quiro subir adonde están ellos. Baloo, no seas malo. Quiero volver a jugar con ellos.
—Cachorro humano, quiero que me oigas bien —le dijo Baloo. Su voz era como un trueno—. Todo lo que sabes de la Ley de la Selva lo sabes por mí. Y la Ley te servirá para tratar con todos los animales de la Selva menos con los monos. Son los únicos que no tienen Ley. Todo el mundo los rechaza. Ni siquiera tienen lenguaje propio. El suyo es una mezcla del lenguaje de todos los demás animales. Están siempre a la escucha desde las altas ramas. Sus caminos son totalmente diferentes de los nuestros. Nunca han llegado a tener jefes. Tampoco tienen memoria. Son unos charlatanes y unos presumidos. Se creen serios y preocupados por problemas importantes. Pero que caiga una nuez delante de ellos, y todo se les convertirá en risa. Se les olvida todo. No tienen los mismos bebederos que nosotros. Tampoco tenemos los mismos lugares de caza, ni vamos adonde ellos suelen ir, ni morimos donde ellos mueren. ¿Me has oído hablar alguna vez de los Bandar–log?
—No —dijo Mowgli hablando muy bajo. Y es que el bosque se quedó completamente callado en cuanto calló Baloo.
—Todos los animales, el Pueblo de la Selva entero, los ha desterrado de sus conversaciones y de sus pensamientos. Son muy numerosos, sucios, maliciosos, desalmados. Lo único que les interesa es que nosotros nos fijemos en ellos. Pero nada cuentan para nosotros en ningún momento, incluso cuando nos bombardean con inmundicias.
Apenas acabó de hablar, cayó desde lo alto de los árboles una lluvia de frutos y ramas, y se oyó en las alturas una sinfonía de toses, aullidos y saltos locos de rama en rama.
—El Pueblo de la Selva no puede tener trato alguno con los monos. Tenlo siempre presente.
—Totalmente prohibido —confirmó Bagheera—. Y lo extraño es que Baloo no te lo haya advertido.
—¿Yo? Jamás podría haber adivinado que Mowgli iba a jugar alguna vez con semejante ralea. ¡Los monos! Me dan asco.
Se repitió el chaparrón. Baloo y Bagheera se fueron corriendo hacia otro sitio arrastrando consigo a Mowgli.
Baloo estaba en lo cierto con respecto a los monos. Vivían en las copas de los árboles. Las fieras no suelen mirar hacia lo alto. Por eso los caminos de los monos y los de los demás animales de la Selva jamás se cruzaban. Pero era doloroso que en cuanto veían a un animal de la Selva enfermo o herido, los monos se ensañasen con él. Arrojaban toda clase de cosas sobre cualquier fiera. Y lo hacían sencillamente para llamar la atención. Aullaban, cantaban canciones estúpidas invitando a los demás animales a que se subieran a los árboles para pelear con ellos. Ellos mismos andaban siempre enzarzados en terribles luchas por cualquier nadería.
Y eran desagradables hasta por el hecho de dejar sus muertos bien visibles. En muchas ocasiones habrían podido tener una organización con jefe, leyes y costumbres propias. Pero jamás lo lograban definitivamente. Peleaban, se olvidaban de todo y los consolaba esta frase: Toda la Selva llegará a pensar como nosotros pensamos ahora.
Ningún animal del bosque podía llegar hasta las alturas en las que ellos estaban. Por eso se emocionaron cuando Mowgli quiso compartir sus juegos. Y fue divertido, sobre todo porque vieron cómo todo eso molestaba a Baloo.
Así quedó todo. Normalmente los monos no tienen iniciativa alguna. Pero uno de ellos pensó algo que a todos los demás les pareció magnífico. Era conveniente conservar en su tribu a Mowgli. Sabia entrelazar ramas. Y ese entramado era una magnífica protección contra el viento. Mowgli lo hacía casi sin darse cuenta. Al ser su padre leñador, solía construir chozas con ramas caídas. Mowgli había heredado esa habilidad. No pasó inadvertido a los monos ese hecho. Se vieron con un gran jefe y como el pueblo más sabio de la tierra. Seguramente todos los demás los admirarían. Por eso, sin hacer ruido alguno, siguieron a Mowgli, Bagheera y Baloo por toda la Selva. Mowgli se echó a dormir entre el oso y la pantera. Juró que jamás trataría con los monos.
Su siguiente recuerdo fue verse atrapado por unas manos fuertes y pequeñas, sentirse inmovilizado de brazos y piernas, el choque de unas hojas y luego mirar hacia abajo desde la altura de los árboles.
Baloo despertó a toda la Selva con sus rugidos y Bagheera iba de árbol en árbol enseñando furiosa sus dientes terribles. Los monos treparon hasta las ramas más altas. Ni siquiera Bagheera se atrevió a seguirlos hasta allí.
Por eso gritaron triunfantes:
—Bagheera se ha fijado en nosotros. Se ha fijado en nosotros. Ya somos objeto de admiración para todo el Pueblo de la Selva.
Empezó la huida de los monos, una huida revestida de caracteres indescriptibles. Tienen caminos en las copas de los árboles, atajos, subidas y bajadas, a una altura excesiva sobre el nivel del suelo: quince, veinte y hasta treinta metros. Son capaces de viajar de noche en ese laberinto. Dos de los monos más fuertes habían cogido a Mowgli por las axilas y le llevaban en volandas hasta la cima de los árboles, con unos saltos de siete metros. El peso del chico los lastraba. Mowgli, casi mareado, sentía el cosquilleo de la emoción. Aunque, de cuando en cuando, ver la tierra allá abajo le producía sensación de vértigo. Era horrible pararse, balancearse, tomar impulso y saltar a otra rama. A veces estaba en las ramas más altas, temblando de miedo ante la posibilidad de que se rompieran. A los pocos segundos ya se encontraba en las ramas bajas del árbol siguiente.
Llegó en algunos momentos a tener la impresión de hallarse encaramado a un mástil, viajando en un mar verde. Sólo cuando el ramaje le sacudía la cara, se daba cuenta de dónde se encontraba. Así, entre resoplidos, saltos, ruidos y chillidos siguieron aquel camino loco. Mowgli iba conducido como un prisionero.
Hasta llegó a temer que lo soltaran dejándolo caer desde lo alto. Sintió una furia creciente. Pero al ver cuál era su situación real, la de un preso, no quiso dar signos de rebeldía. Sí que vio claramente enseguida que tenía que avisar a sus amigos, Bagheera y Baloo. Dada la velocidad con que los monos huían, se daba cuenta de que sus amigos se iban a quedar atrás. Nada conseguía mirando hacia abajo. Sólo veía las puntas de las ramas.
Por un momento dirigió su mirada al cielo inmenso y azul, y vio en todo lo alto a Rann, el buitre. Como siempre, vigilaba la muerte de algún ser de la Selva. Vio que los monos llevaban algo y descendió unos cientos de metros en picado para ver el género de presa. En ese instante, llevaban a Mowgli en volandas hasta lo más alto de un árbol. El buitre le oyó gritar, se sorprendió y contestó con un silbido: Llevamos la misma sangre. La espesura se cerró de nuevo y Rann desvió su vuelo hasta el siguiente árbol, desde donde vio de nuevo a Mowgli.
—No dejes mi pista —gritó el chico—. Pasa el aviso a Baloo, de la manada de Seeonee, y a Bagheera, del Consejo de la Roca.
—Dime en nombre de quién, amigo —dijo Rann. Nunca había visto a Mowgli, aunque había oído hablar de él en muchas ocasiones.
—Soy Mowgli, la Rana. Me llaman cachorro humano. Sigue mi pista.
Apenas se oyeron las últimas palabras. Se sintió balancear en el aire, listo para el próximo salto. Rann hizo unas señales de asentimiento. Se elevó hasta quedar reducido a un puntito insignificante. Pero nada de cuanto ocurría debajo de el escapaba a sus ojos penetrantes. Pudo seguir perfectamente el camino de los monos y su prisionero Mowgli.
—Poco va a durar su huida —dijo riéndose sofocadamente—. Estos monos son unos inconscientes en todo cuanto emprenden. Los Bandar–log empiezan siempre mil cosas nuevas. Pero tengo la impresión de que esta vez han ido demasiado lejos. Se van a arrepentir. Porque Baloo y Bagheera no son precisamente seres indecisos y miedosos. Bagheera es capaz de matar algo más que cabras —se meció en el aire, recogió las patas, desplegó las alas y esperó.
Por su parte, Baloo y Bagheera se sentían consumir de furor. Bagheera subió hasta los árboles más altos. En más de una ocasión se rompieron las ramas. Lo que hacía era una temeridad que jamás había cometido. Cuando caía al suelo solía llevar las garras llenas de corteza. Tenía que aminorar el golpe de la caída agarrándose a las ramas y al tronco.
—¿Por qué no pusiste al cachorro humano sobre aviso? —decía en un tremendo rugido a Baloo, que con su trote pesado esperaba adelantarse a la loca carrera de los monos—. Fue una estupidez matarlo casi a golpes y, en cambio, no ponerle en guardia contra este peligro.
—Date prisa. Es posible que los alcancemos —decía Baloo extenuado.
—Creo que llevamos un paso que podría seguir cómodamente hasta una vaca. Gran Maestro de la Ley de la Selva, azotacachorros. Bastaría una corta distancia para hacerte reventar. Descansa y piensa. Piensa un plan. Sería peligroso hasta que los alcanzáramos. Asustados, lo podrían dejar caer.
—¡Brrr! Es posible incluso que ya lo hayan hecho, cansados de llevarlo. ¿Quién se puede fiar de los monos? Corona mi cabeza con murciélagos muertos. Aliméntame solamente a base de huesos viejos. Hazme caer de cabeza en una colmena de abejas furiosas que me piquen hasta matarme. Y, luego, entiérrame cerca de la madriguera de una hiena. Soy el oso más desgraciado que haya nacido. ¡Brrr! ¡Ah! ¡Mowgli! ¡Mowgli! ¿Por qué fui tan estúpido y, en vez de golpearte, no te previne contra los monos? Es posible incluso que mis golpes le hayan sacado de la cabeza mis lecciones y en estos momentos se encuentre en la Selva desamparado, al no acordarse de las Palabras Mágicas.
Baloo metió la cabeza entre las patas delanteras y se convirtió en un puro sollozo.
—Ten en cuenta que a mí me las dijo correctamente hace muy poco tiempo todavía —dijo Bagheera impaciente—. Baloo —continuó—, has perdido completamente la cabeza y el respeto a ti mismo. Ponte en mi lugar y juzga lo que pensaría la Selva si me hiciera una bola como Ikki, el puerco espín, y me dedicara a lamentarme.
—Nada me importa lo que piense la Selva de mí. Es posible que a estas horas Mowgli ya haya muerto. —Sólo por pereza o por juego lo dejarían caer. Pero no hay que temer demasiado por el cachorro humano. Es listo, está bien formado y nadie es capaz de aguantar su mirada. Pero hay que reconocer que la situación es grave. Está en poder de los monos. Nadie puede llegar hasta donde ellos viven. A nadie temen —Bagheera mordisqueaba nerviosamente una de sus patas delanteras.
—¡Tonto y necio de mí! No soy más que un desenterrador de raíces —dijo Baloo enderezándose de un salto—. Es una verdad evidente lo que afirma el sabio Hathi, el elefante, cuando dice: Cada uno tiene su propio miedo. El miedo de los monos es Kaa, la serpiente de la Roca. Sube a los árboles tan bien como ellos; les roba sus crías por la noche. Cuando oyen su nombre les castañetean los dientes. Vamos a hacer una visita a Kaa.
—¿Para qué? No es de nuestro pueblo, porque no tiene patas. Y está claro que es un saco de maldad. Lo lleva escrito en los ojos —dijo Bagheera.
—Tan vieja como astuta. Y siempre hambrienta. Prométele un rebaño entero de cabras —dijo Baloo lleno de esperanza.
—Sabes como yo que en cuanto come una se pasa durmiendo un mes entero. Es posible incluso que en estos momentos se encuentre durmiendo. Y es posible también que prefiera cazar ella misma las cabras —Bagheera, que desconocía casi por completo a Kaa, desconfiaba de todo lo que concernía a la serpiente.
—Entre nosotros dos, viejo amigo, somos capaces de convencerla —Baloo frotó amistosamente con su paletilla la piel de la pantera. Y los dos juntos se fueron en busca de Kaa, la pitón que vive en la Roca.
La encontraron tendida al sol en el saliente de un peñasco. Contemplaba con admiración su propia piel, hermosa y brillante, nueva. Le había costado diez días cambiarla. Lo había hecho en el retiro más absoluto. Parecía una enorme joya, con su cabeza roma y su cuerpo de nueve metros enroscado en fantásticos anillos. Soñaba con su próxima presa.
—Estamos de suerte —dijo Baloo precavidamente y con satisfacción en cuanto vio su hermosa piel nueva—. Hay que tener cuidado. Cuando muda de piel se queda medio ciega. Ataca por puro instinto a todo lo que se le ponga por delante.
Kaa tenía a gala no ser venenosa. Despreciaba a las que lo eran. Su fuerza estaba en su capacidad de presión. Cuando se enroscaba alrededor del cuerpo de su presa, ésta se podía dar por perdida.
—¡Buena caza! —gritó Baloo sentado sólo sobre sus cuartos traseros.
Kaa era sorda, como lo son normalmente las pitones. Se preparó para el ataque enrollándose en forma de espiral, con la cabeza baja.
—Que la caza sea buena para todos —contestó—. ¡Ah! ¿Eres tú, Baloo? ¿Qué haces aquí? ¡Buena caza, Bagheera! Necesito comer. ¿Habéis visto algo cerca? Me conformo con un gamo, aunque sea joven. Me siento tan vacía como un pozo seco.
—Vamos de caza —dijo Baloo sin dar importancia a sus palabras. No es una buena táctica meter prisa a las serpientes pitones. Son demasiado grandes para ser rápidas.
—Dejadme que vaya con vosotros —les rogó Kaa—. A Baloo y a Bagheera no les importa dar un zarpazo más o menos. Yo, en cambio, me veo obligada a esperar días enteros en alguna senda perdida del bosque. O subir a los árboles por la noche para sorprender a algún mono poco avispado. ¡Ssshs! Hay que tener cuidado además con las ramas. Están todas podridas, especialmente las mayores, o secas.
—Es posible que sea por tu peso —le dijo Baloo.
—Realmente no me falta longitud —contestó Kaa con aire de orgullo—. Pero sigo pensando que la culpa no es mía, sino del ramaje nuevo. En mi última cacería estuve a punto de caerme al suelo. Y al no tener fija mi cola al tronco del árbol, produje tal ruido que los monos se despertaron y comenzaron a insultarme.
—Lombriz de tierra, miserable y sin patas —dijo como sin quererlo Bagheera.
—¡Ssshss! ¿Me han insultado así alguna vez? —preguntó Kaa airada.
Así nos insultaron a nosotros los Bandar–log en la Luna nueva pasada. No les hicimos caso. Dicen cualquier cosa. Hasta que te has quedado sin dientes, que tienes miedo a todo lo que sea mayor que un cabrito —los monos son unos deslenguados —y que tienes miedo a los cuernos —siguió insidiosamente Bagheera.
Las serpientes pitones disimulan sus sentimientos. jamás dan muestras de haberse encolerizado. Kaa quiso mostrarse así. Pero Baloo y Bagheera vieron cómo se le hinchaban los enormes músculos del cuello.
—Los monos han abandonado su territorio —dijo con aparente tranquilidad—. Oí sus gritos justamente cuando salía a tomar el sol. Se oían en las copas de los árboles.
—Pues precisamente vamos siguiendo su rastro —dijo Baloo.
No le salieron las palabras como él hubiera querido. Recordó de pronto que el era el primer animal de la Selva que había mostrado cierto interés por la vida de los monos.
—Evidentemente, el asunto debe de ser muy serio cuando vosotros, tan importantes en la Selva y entre los vuestros, estáis siguiendo el rastro de los Bandar—log —respondió con fina cortesía Kaa, al mismo tiempo muerta de curiosidad.
—Realmente —dijo Baloo—, yo soy un viejo maestro de la Ley, no demasiado inteligente, encargado de enseñársela a los lobatos de la manada de Seeonee, y amigo de Bagheera, que me acompaña.
Bagheera cerró con ruido sus mandíbulas. Ella no era partidaria de falsas modestias.
—El asunto que traemos entre manos es éste —dijo Bagheera dirigiéndose a Kaa—; esos miserables y despreciables ladrones de nueces nos han robado a nuestro amigo, el cachorro humano. Seguramente habrás oído hablar de él.
—Sí, me dijo algo Ikki —ciertamente, está cada día más infatuado de sus púas— acerca de una cría de hombre admitida en una manada. Pero no lo tomé en serio. Ikki es un relator de noticias mal oídas y peor contadas.
—En esta ocasión estaba en lo cierto. Y se trata de un hombrecito maravilloso. Nadie hubo semejante a él —dijo Baloo—. Es inteligente, elegante, el mejor. Hará famoso mi nombre en toda la Selva, Kaa. Lo queremos locamente.
—¡Bueno! ¡Bueno!, que no sólo vosotros sabéis lo que es querer. Si yo hablara, os enteraríais de muchas cosas. —Nos las tienes que contar una noche de Luna y con el estómago lleno —dijo Bagheera—. Los monos tienen en su poder a nuestro hombrecito. Y sabemos, Kaa, que eres tú el único animal de la Selva al que temen.
—A nadie más. Y no les faltan motivos para pensar así —dijo Kaa—. Los monos son unos charlatanes necios y vanidosos. Si tienen a un hombre entre ellos, está claro que corre peligro. Cogen una nuez, les cansa enseguida y la tiran. Cogen una rama, la llevan toda una mañana, dicen que van a hacer maravillas con ella y luego, sin saber por qué, la parten y la tiran. No quisiera estar yo en la piel del hombrecito. ¿Os acordáis si cuando me insultaron me llamaron pez amarillo?
—Sólo lombriz, lombriz de tierra —dijo Bagheeray algunas otras cosas que me avergonzaría repetir ahora.
—Creo que será conveniente recordarles que deben tener más respeto a su maestro. Sí, hay que refrescarles la memoria. Pero ¿tenéis idea de adónde se han llevado al hombrecito?
—No. La Selva lo sabrá. Creemos que se lo llevaron hacia poniente. Pensábamos que tú lo sabrías.
—¿Yo? Los suelo atrapar, si se me ponen al paso, en los caminos. Pero nunca en las ramas ni en las lagunas.
—¡Eh! ¡Baloo, de la manada de lobos de Seeonee! ¡Mira hacia arriba!
Baloo vio a Rann, el buitre, que caía en picado desde el cielo. El sol alumbraba el borde levantado de sus alas. A esas horas, Rann tenía que estar ya durmiendo. Había sobrevolado la Selva en busca del oso, pero el follaje le había impedido verlo.
—¿Traes noticias? —dijo Baloo.
—Sí. He visto a Mowgli entre los monos. Me encargó insistentemente que te lo dijera. Los he seguido. Se lo han llevado al otro lado del río, a la ciudad de los monos, a las Moradas Frías. Como son tan imprevisibles, es posible que se queden allí un breve o largo tiempo. De todos modos, he encargado a mis amigos, los murciélagos, que los vigilen durante la noche. Es todo. Buena suerte.
—Buena suerte también para ti. Felices sueños después de haber llenado bien el buche, Rann —gritó Bagheera alborozada—. Te tendré en cuenta cuando cace la próxima vez. Reservaré la cabeza de lo que mate y te la ofreceré a cambio de tus servicios, a ti, el mejor de los buitres.
—Lo que he hecho no es nada. El chico se lo merecía. Se acordó de las Palabras Mágicas. Me sentí obligado a cumplir su encargo —después de decir esto se elevó en círculos, volando luego en busca de refugio.
—Felizmente, no ha perdido la lengua —dijo Baloo con orgullo—. Tan joven y ha sido capaz de acordarse de las Palabras Mágicas justamente cuando se lo llevaban a través de la Selva.
—Se las metiste en la cabeza a fuerza de golpes —comentó Bagheera—. Pero me siento orgullosa de él. Vamos a las Moradas Frías.
En la Selva todo el mundo conoce dónde están las Moradas Frías, pero nadie se acerca a aquel lugar. Se trata de una ciudad antigua y abandonada, medio enterrada en la Selva. Las fieras no suelen hacer sus guaridas donde antes habitaron los hombres. La puede hacer el jabalí, pero nunca los animales cazadores. Ni siquiera los monos viven regularmente allí. Todos los habitantes de la Selva suelen dejar un enorme espacio entre su camino y las Moradas Frías. Acuden a aquel lugar solamente en momentos de sequía pertinaz. Entonces, las cisternas y estanques de la ciudad abandonada suelen conservar alguna reserva de agua.
—Si vamos a toda velocidad, es posible que lleguemos allí hacia medianoche —comentó Bagheera. Baloo se quedó serio, como asustado.
—Iré a mi máxima velocidad —dijo Baloo preocupado.
—No podemos esperarte. Síguenos, Baloo. Kaa y yo somos siempre veloces.
—Sabes que aun sin pies puedo alcanzar la misma velocidad que tú que tienes cuatro patas —dijo Kaa. Baloo se esforzó por ir lo más rápidamente posible. Pero pronto se rindió a la realidad. Se sentó agotado. Lo dejaron con la esperanza de que, aunque más despacio, los seguiría. Bagheera se adelantó con ese trote característico de los animales de su especie. Kaa no hizo comentario alguno, pero precedía siempre a la pantera, aunque ésta acelerara su carrera. Ganó terreno Bagheera cuando, al llegar a un arroyo, lo pasó de un salto. Kaa tuvo que vadearlo, dejando asomar solamente su cabeza y una pequeña parte del cuerpo. Pero en cuanto tocó tierra de nuevo alcanzó con toda facilidad a la pantera.
—¡Por la cerradura que me permitió ser libre! —dijo Bagheera—. Eres una andariega invencible.
—Tengo hambre —dijo Kaa—. Y, además, ten en cuenta que me han llamado rana manchada.
—Lombriz de tierra y amarilla, para mayor exactitud.
—Es lo mismo. Continuemos —parecía que Kaa se confundía con la tierra. Encontraba con toda seguridad el camino más corto y lo seguía sin equivocarse.
En las Moradas Frías los Bandar–log pensaban en todo menos en los amigos de Mowgli. Cuando llegaron con el muchacho a la ciudad perdida, se quedaron satisfechos. Mowgli no había visto jamás una ciudad india y, aunque ésta no era ya más que un montón de ruinas, le pareció deslumbrante y soberbia. Fue edificada por un rey, hacía muchos años, en lo alto de una colina. Todavía se adivinaban las calzadas que conducían a las puertas. De éstas sólo quedaba el recuerdo de algunas tablas adheridas todavía a los goznes herrumbrosos y prácticamente destruidos. Los árboles crecían por todas partes. De los muros, que habían perdido sus fortificaciones suplementarias, colgaban en grandes matas las enredaderas. La colina estaba coronada por un gran palacio sin techumbre. El precioso mármol de patios y fuentes estaba estropeado, lleno de manchas, roto. Se veía claramente todavía cuáles habían sido las salas donde habitaban los elefantes del rey. Pero las losas del suelo estaban separadas por las hierbas y los árboles que crecían a discreción. Era posible ver desde el palacio grandes hileras de casas sin techo. Eran las casas de la antigua ciudad. Parecidas a colmenas sin tapadera, sólo estaban habitadas por las sombras más oscuras. Había un enorme ídolo derribado en la confluencia de cuatro avenidas. Lo que antiguamente habían sido fuentes y pozos, ahora eran solamente unos hoyos secos casi todo el año. Las preciosas cúpulas antiguas estaban hundidas y flanqueadas por higueras silvestres.
Los monos se la habían atribuido como su ciudad. Despreciaban a todos los animales por vivir en el bosque. Pero nunca llegaron a comprender por qué se habían levantado todos aquellos edificios, y menos aún el uso que se había hecho de ellos. Se sentaban en círculos en la antecámara de la sala del Consejo, se quitaban las pulgas y bravuconeaban como hombres. Salían o entraban en las casas sin techo, transportaban yeso o ladrillos hasta un sitio, y luego se olvidaban por qué y dónde lo habían escondido.
Peleaban por creerse robados por los demás. Y cuando más enfadados parecían estar, empezaban a jugar, bajando y subiendo como locos las terrazas del jardín real, sacudiendo fuertemente los rosales y los naranjos, por el simple placer de ver cómo caían las flores o los frutos. Conocían todos los pasadizos subterráneos del palacio. Pero enseguida se olvidaban de lo que acababan de ver. Se consideraban tan importantes como los hombres cuando paseaban solos o en pequeños grupos por aquel laberinto. Bebían en las cisternas, pero sin cuidado alguno. Por eso ensuciaban el agua y discutían por ello.
Pero, pasando inmediatamente del enfado a la alegría desmedida, gritaban todos juntos:
—Somos los más sabios de la Selva, los mejores, los más inteligentes, los más fuertes y los más prudentes.
De nuevo volvían a rebrotar los antiguos problemas hasta que, cansados de todo, se iban de la ciudad a las copas de los árboles con la estúpida esperanza de que los animales de la Selva se fijaran en ellos.
A Mowgli, perfectamente educado en la Ley de la Selva, le pareció una vida sin sentido. Llegaron a las Moradas Frías, llevando a Mowgli, al caer la tarde. Normalmente deberían haberse ido a dormir, teniendo en cuenta el largo viaje. Pero los monos se pusieron en círculo y empezaron a cantar absurdas canciones. Incluso hubo uno, que, sintiéndose orador, les dijo a todos que la captura de Mowgli representaba la fecha del inicio de una nueva era para los Bandar—log. Les iba a enseñar, uniendo ramas y cañas, a construir refugios contra la lluvia. Mowgli, como demostración de su capacidad, cogió algunas enredaderas y empezó a entretejerlas. Los monos trataron de imitarlo. Pero el juego sólo les duró unos minutos. Faltos de interés, empezaron a tirarse de las colas y a saltar sobre sus cuatro patas.
—Quiero comer —dijo Mowgli—. Soy un forastero en esta parte de la Selva. Dadme algo de comer o permiso para cazar.
Faltó tiempo para que veinte o treinta monos se lanzaran fuera de la ciudad en busca de nueces silvestres. Pero, como de ordinario, se enzarzaron, cuando volvían, en una pelea y echaron a perder lo que traían. Pensaron que no valía la pena ofrecer a su huésped aquellas frutas estropeadas.
Mowgli sentía dolores por todo el cuerpo; estaba magullado, malhumorado y hambriento. Erró por la ciudad abandonada, lanzó de cuando en cuando el grito de caza de los extraños. Nadie le contestó. Se convenció de que había ido a parar a un sitio indeseable.
—Qué razón tenía Baloo —pensó—. No tienen jefes, ley, ni grito de caza. Sólo palabras inútiles, sin sentido. Sus manos son como las de los pequeños ladrones. Seré el único culpable si me matan de hambre. Tengo que hacer todo lo posible y lo imposible por volver a la Selva. Seguro que Baloo me va a dar una paliza. Pero lo prefiero a estar aquí con los monos perdiendo el tiempo.
En cuanto llegó a las murallas, los monos le hicieron retroceder. Le aseguraron que no sabía apreciar la suerte que había tenido al estar con ellos en aquella ciudad. Le pellizcaron para que aprendiera a ser más agradecido. Rechinó los dientes y se calló. Se dirigió a una terraza situada sobre los depósitos de piedra roja destinados a recoger agua. Se dio cuenta de que los depósitos estaban medio llenos. En mitad de la terraza había un cenador destinado a las reinas que habían vivido en aquel palacio hacía unos cien años.
El techo, construido en forma de cúpula, estaba medio hundido. Eso había hecho que la comunicación entre el cenador y el pasadizo, usado antiguamente por las reinas, estuviera impracticable. Pero las paredes, perfectamente en pie, parecían unos biombos de mármol afiligranado, blanquísimo, con incrustaciones de ágata, cornalina y jaspe. Cuando la Luna se asomó por detrás de la colina, filtró su luz a través de aquellos calados, y dibujó en el suelo una especie de manto negro hermosísimo.
Mowgli, derrengado, con sueño y hambre, no pudo menos de reírse cuando unos veinte monos a la vez empezaron a predicarle lo grandes, sabios, fuertes y discretos que eran. Y que era un loco por intentar separarse de ellos.
—Somos inmensos, libres, extraordinarios y dignos de admiración por parte del resto de los animales de la Selva. Como nosotros estamos convencidos de ello, tiene que ser verdad —gritaban—. Pero tienes que enterarte de quiénes somos. Tú vas a tener ocasión de repetírselo después a todos los animales de la Selva. Así, de ahora en adelante se fijarán en nosotros. Te darás cuenta de que somos importantísimos.
Nada pudo oponer Mowgli a esa idea peregrina. Los monos se reunieron a cientos en la terraza para escuchar a sus oradores. Éstos cantaban las excelencias de los Bandar–log. A veces se callaban para tomar aliento. Y entonces, todos a la vez gritaban:
—Es cierto. Es lo que todos pensamos.
Mowgli asentía con la cabeza, parpadeaba, respondía con un sí cuando le preguntaban algo, y sentía al mismo tiempo un enorme mareo ante todo aquel alboroto.
—Parece que Tabaqui los ha mordido a todos y comunicado su locura. Porque están todos locos. Pero ¿cuándo duermen? Veo que está formándose una nube en el firmamento. A ver si cubre la Luna y, aprovechando la oscuridad, logro escabullirme. Aunque estoy muy cansado.
Dos amigos de Mowgli contemplaban la misma nube desde los fosos que rodeaban las murallas de la ciudad abandonada. Sabían que era peligroso luchar con los monos. Siempre se juntaban en número enorme, y Bagheera y Kaa conocían perfectamente el peligro que eso suponía. Los monos presentan batalla sólo cuando se encuentran en la proporción de uno a cien. Pero no hay animal de la Selva que se atreva a luchar contra ellos con esa enorme desventaja.
Yo me dirigiré hacia el lado oeste de la muralla —dijo Kaa como en un susurro—. El terreno está en declive y me permitirá lanzarme desde allí contra los monos. Seguro que no se me vendrán encima a centenares.
—Por mi parte sé lo que hay que hacer. Pero es una lástima que Baloo no esté con nosotros. Voy a esperar a que la nube cubra la Luna y entonces aprovecharé para subir a la terraza. Veo que están celebrando una especie de Consejo. Seguramente para deliberar sobre Mowgli.
—¡Buena caza! —dijo Kaa con aire feroz, mientras se deslizaba sin hacer ruido alguno hacia la zona occidental del muro. La gran pitón tardó en encontrar un camino practicable.
Al instante la nube interceptó la visión de la Luna. Mowgli se quedó expectante después de oír los pasos rapidísimos de Bagheera, que ya estaba en la terraza en medio de los monos. Había subido la pendiente sin hacer ruido y empezó a repartir golpes a diestro y siniestro. No valía la pena morder. Los monos estaban sentados alrededor de Mowgli en círculos de cincuenta o más. Se oyó un enorme aullido de rabia y sorpresa. Bagheera tropezó con los cuerpos de los monos que habían rodado por el suelo al ritmo de sus golpes. Uno de ellos gritó:
—¡Es uno solo! ¡Matadlo! ¡Matadlo!
Los monos se lanzaron en masa desordenada a morder, arañar, romper y arrancar cuanto pudiesen. Se precipitaron ciegamente sobre Bagheera. Media docena se apoderó de Mowgli, lo arrastró fuera del cenador y lo arrojó al agujero que había visto él antes. Cayó hasta el fondo. Cualquier chico se hubiera lastimado seriamente. Había caído desde unos cuatro metros de altura. Pero a Mowgli le había enseñado Baloo a caer: siempre de pie. —No te muevas de ahí —le gritaron los monos hasta que hayamos matado a tus amigos. Luego, vendremos a jugar contigo. Esperamos que el Pueblo Venenoso respete tu vida.
—Vosotros y yo tenemos la misma sangre —dijo Mowgli con mucha prisa por pronunciar las Palabras Mágicas salvadoras: las que sirven para las serpientes. Distinguía con claridad sus roces y sus silbidos entre los escombros que lo rodeaban. Para estar más seguro, volvió a gritar de nuevo:
A que es verdad, ssss.
—Vosotras, protegeos —dijeron seis serpientes en tono muy bajo.
Toda ruina en la India se convierte, con el tiempo, en un refugio ideal para las serpientes. Por eso el antiguo cenador era un hervidero de cobras.
Amigo, estate quieto, no te muevas. Nos harías daño con tus pies. Mowgli siguió fielmente la indicación. A través de los calados escuchó el ruido tremendo de la lucha de Bagheera contra los monos. Era fácil oír los aullidos, el chasquido de las mandíbulas, el resoplar de Bagheera mientras avanzaba y retrocedía, buscando posiciones defensivas contra el enorme montón de sus enemigos. Sólo trataba de salvar su pellejo. Le sucedía eso por primera vez en su vida.
«Seguro que Baloo anda cerca. Bagheera jamás habría venido sola a esta misión», pensó Mowgli. Entonces gritó con todas sus fuerzas:
—Bagheera, a las cisternas. Zambúllete completamente.
Bagheera oyó repetir la indicación. Al ver que Mowgli estaba a salvo, sintió que sus fuerzas renacían. En un esfuerzo desesperado, despacio, se fue abriendo camino hacia las cisternas. Golpeaba en el más absoluto silencio. Fue entonces cuando oyó una voz, que llegaba desde las ruinas del muro próximo a la Selva. Era un grito salvaje, el de Baloo. Aunque había hecho todo lo posible, no había podido llegar antes.
—Bagheera, estoy contigo —gritó—. Subo. Voy a ayudarte. ¡Brrr! Todo resbala bajo mis pies. Espérame. Malditos monos.
Casi sin aliento llegó a la terraza. Quedó prácticamente enterrado por un enorme montón de monos. Se afianzó sobre las patas traseras. Con las delanteras iba cogiendo monos, golpeándolos unos contra otros. Se oía el iplafl, iplafl, algo parecido al chapoteo de las palas de la rueda de un barco de vapor. Se sintió satisfecho cuando el ruido de un cuerpo que caía en el agua le hizo ver que Bagheera había alcanzado las cisternas. Allí los monos no podían perseguirla.
La pantera estaba metida en el agua hasta el cuello. El cansancio hacía difícil su respiración. Los monos vigilaban desde las orillas. Se les notaba una enorme agresividad. Estaban claramente dispuestos a echarse sobre Bagheera en cuanto hiciera el menor intento de salir del agua. La pantera levantó la cabeza desesperada, buscando protección, y lanzó un grito que entienden muy bien las serpientes: Tú y yo tenemos la misma sangre.
Temió que Kaa se hubiera echado atrás en el último momento. Baloo no pudo evitar la risa cuando vio que hasta Bagheera pedía auxilio. Tampoco el se encontraba demasiado bien, medio aplastado por los monos y empujado hasta el borde de la terraza.
En ese momento, Kaa salvaba el muro del oeste. Al coronarlo, su enorme cuerpo desprendió una piedra que fue a caer al foso. El terreno le era muy favorable. Se alegró. Hizo ejercicio formando una serie de anillos y desenroscándose luego. Notó que estaba en perfecta forma para la lucha.
Así se preparó, mientras Baloo seguía protagonizando la batalla. Los monos aullaban alrededor de la cisterna donde se encontraba en apuros Bagheera.
Mang, el murciélago, volando en todas direcciones, llevó la noticia de la gran batalla a toda la Selva. Hathi, el elefante salvaje, comenzó a barritar. Los monos acudieron desde todas partes, aun desde los sitios más lejanos, para ayudar a sus hermanos en la batalla de las Moradas Frías. Cundieron la alarma y la alerta entre todas las aves diurnas.
Kaa, sintiendo el ciego instinto de matar, atacó sin titubeos, con enorme rapidez. Una serpiente pitón es temible en un primer ataque por el poder destructor que tiene su cabeza. Parece como si comunicara a esa zona toda la fuerza de su enorme cuerpo. Es como una lanza, un ariete o un martillo de media tonelada. Y ese enorme peso está movido por una inteligencia fría, metódica, calculadora, asesina, que se balancea en lo alto de un larguísimo palo. Aun midiendo solamente un metro, una serpiente pitón puede derribar a un hombre hecho y derecho si lo golpea de lleno en el pecho. Imaginaos lo que serían atacando los nueve metros de Kaa. Embistió, para empezar, hacia el centro de la enorme masa de monos que aplastaba a Baloo. Lo hizo en un silencio perfecto. No necesitó repetir el ataque. Los monos huyeron despavoridos gritando:
—¡Es Kaa. Corred. Poneos a salvo!
Kaa había sido el terror de generaciones enteras de Bandar–log. Todos se portaban bien con sólo nombrarla. Kaa era capaz de deslizarse por las ramas con el silencio de la más tenue brisa, el silencio del musgo mientras crece. Y al mismo tiempo envolvía en sus anillos, en un abrazo mortal, al mono más fuerte. La vieja Kaa adoptaba todos los disfraces: una rama muerta, un árbol carcomido. Caían en la trampa hasta los más hábiles. La rama los rodeaba con sus anillos y se los llevaba. Por eso Kaa era para los monos lo más temible de la Selva. Nadie conocía los límites de su poder. Nadie se atrevía a mirarla cara a cara. Ningún mono había escapado con vida de sus anillos. Por eso huyeron como locos a refugiarse donde pudieron: en los muros, los techos, las casas. Baloo empezó a respirar. Aunque tenía la piel más resistente que su amiga Bagheera, había sufrido en la lucha. Entonces, Kaa lanzó un silbido largo y penetrante, como suelen hablar los pitones. Los monos que acudían en ayuda de sus amigos se quedaron en los árboles, petrificados por el miedo. Cesó el griterío de todos los que se habían refugiado por allí. En el silencio que reinó entonces en la ciudad abandonada, Mowgli oyó cómo Bagheera salía de la cisterna y se sacudía el agua.
Se oyó de nuevo el griterío anterior. Los monos buscaron mayor altura en los muros. Se agarraban al cuello de las estatuas y subían a lo más alto de las defensas de la muralla. Mowgli, que bailaba de alegría en el cenador, miraba todo a través de los calados. Incluso imitaba al búho como para burlarse del terror de los monos, y manifestar su alegría.
—Kaa, saca a nuestro amigo de la trampa. Me siento sin fuerzas —dijo Bagheera—. Vámonos cuanto antes. Nos podrían atacar de nuevo.
—Sólo se moverán cuando yo se lo mande. ¡Quietos todos! ¡Psshs! —silbó Kaa, y la ciudad recobró su silencio. Kaa se dirigió de nuevo a Bagheera:
—No me fue posible llegar antes, hermana. De todos modos, creo que oí tu llamada.
—Es posible que gritara en medio de la lucha —contestó Bagheera—. ¿Cómo te encuentras, Baloo? ¿Te han hecho daño?
—Me han zarandeado de tal modo que creo que en estos momentos en vez de ser uno soy un centenar de oseznos —contestó con mucha seriedad Baloo estirando las patas—. ¡Wuaaa! Siento dolores por todo el cuerpo. Kaa, Bagheera y yo te debemos la vida.
—No tiene importancia. ¿Dónde está el hombrecito?
—Aquí, en la trampa. No puedo encaramarme y salir de ella —les gritó Mowgli dándose cuenta de que tenía sobre su cabeza la cúpula rota.
—Sacadlo cuanto antes de aquí. Está bailando locamente al estilo de Mao, el pavo real. Si continúa así, aplastará a alguna de nuestras crías —dijeron las cobras.
—¡Ja! ¡ja! ¡Qué gracia! —exclamó Kaa riendo—. El cachorro humano tiene amigos en todas partes. Mowgli, retírate. Y lo mismo vosotras, Pueblo Venenoso. Voy a derribar la pared.
Tras un detenido examen, Kaa descubrió una grieta en la pared de mármol. Era el punto débil. Calculó la distancia, se levantó a una altura de unos dos metros y propinó al muro unos cuantos testarazos. Su nariz fue lo primero que chocó contra el mármol. Cayó el cenador entre ruido y polvo, Mowgli salió por el boquete que se había abierto y fue a colocarse entre Baloo y Bagheera, echando un brazo al cuello de cada uno.
—¿Te han echo daño? —preguntó Baloo emocionado, abrazándolo.
—Tengo dolores por todas partes, estoy hambriento y mi cuerpo es un puro cardenal; pero ¡cómo os han puesto a vosotros! ¡Estáis cubiertos de sangre!
—Otros han pagado también el tributo de la sangre —y, mientras lo decía, Bagheera miraba el montón de monos muertos que había en la terraza y cerca de la cisterna.
—Pero lo nuestro no tiene importancia. Lo importante es que estás a salvo, vida mía, mi orgullo —dijo Baloo hipando emocionado.
—De todo habrá tiempo de hablar luego —dijo Bagheera sembrando la inquietud, por su tono seco, en el corazón de Mowgli—. Pero ahí está Kaa, a la que debemos tú, tu vida, y nosotros haber ganado la batalla.
Cuando Mowgli se volvió, vio a escasa distancia de su cara la cabeza de Kaa balanceándose.
—¡Bueno! Así que éste es el hombrecito —dijo Kaa mirándole fijamente—. Tienes la piel muy fina y te pareces mucho a los monos, los Bandar–log. Ten cuidado, hermano. Es posible que algún día, hacia la hora del crepúsculo, después de haber cambiado mi piel, en los días en que me encuentro más baja de vista, me equivoque y te confunda con un mono.
—Tú y yo tenemos la misma sangre —dijo Mowgli—. Me has salvado la vida hace unos momentos. En agradecimiento, cuando tengas hambre y yo haya cazado, será todo para ti, amiga Kaa.
—Mil gracias, hermano —dijo Kaa al mismo tiempo que sus ojos brillantes despedían destellos de malicia—. Me gustaría saber lo que mi hermano, este fiero cazador,
es capaz de matar. Te pido permiso para seguirte cuando vayas de cacería.
—En realidad, de momento no soy capaz de matar presa alguna. Soy todavía demasiado pequeño. Pero asusto a las cabras y las envío astutamente hacia el lugar donde están quienes pueden matarlas. Si algún día tienes el vientre vacío, te vienes conmigo y te convencerás de que no te estoy engañando. Manejo con destreza estas manos que ves —y entonces se las mostró—. Y es más, si algún día caes en una trampa, te pagaré la deuda que he contraído contigo hoy. Y lo mismo haré con Baloo y Bagheera. Sois realmente mis maestros. ¡Buena suerte!
—Ha hablado maravillosamente —dijo Baloo admirando la habilidad con que Mowgli se había expresado para dar las gracias. Kaa dejó caer blandamente la cabeza sobre el hombro del muchacho, mientras le decía:
—Tu corazón es grande y tu lengua hábil. Entre las dos cosas llegarás muy lejos en la Selva. Pero ahora márchate con tus amigos. Vete a dormir. La luna va a desaparecer y no quiero que veas lo que va a suceder aquí.
La Luna se hundía silenciosamente tras las colinas. Los monos parecían una guirnalda en los muros y salientes del escenario de la lucha. Baloo se fue a la cisterna a beber un largo trago de agua. Bagheera empezó a acicalar su piel con todo cuidado. Entonces Kaa, con un extraño chasquido de mandíbulas, se dirigió hacia el centro de la terraza. Los monos prestaron la máxima atención.
—Se nos ha escondido la Luna. De todos modos, ¿hay luz suficiente para que me veáis? —dijo Kaa.
—Kaa, te vemos perfectamente —fue la respuesta unánime y aterrada.
—Perfecto. Empieza la Danza. Conocéis mi Danza del Hambre. Quietos todos y mirad.
Se enroscó un par de veces en forma de anillos enormes. Balanceaba la cabeza de derecha a izquierda. A continuación, empezó una Danza de óvalos y extraños ochos, triángulos sin vértice, cuadrados, toda clase de figuras. Siempre al mismo ritmo, sin descanso pero tranquilamente, acompañando todos los movimientos con un raro zumbido.
Al mismo tiempo fue oscureciendo. Al final ya no se veían los movimientos de Kaa, pero seguía imperturbable el ruido de sus escamas. Baloo y Bagheera se quedaron petrificados, quietos, lanzando aullidos lastimeros. Mowgli no acababa de entender aquello, sobre todo la actitud de sus amigos.
—Bandar–log —dijo Kaa—, ¿sois capaces de mover cualquier parte de vuestro cuerpo sin que yo os lo mande? Hablad, espero vuestra respuesta.
—No, Kaa. No podemos movernos si tú no nos lo indicas.
—Entonces, dad un paso. Acercaos.
Los monos, sin fuerzas, se fueron hacia adelante, como, inconscientemente, también Baloo y Bagheera.
—Más cerca todavía —les silbó Kaa. De nuevo se movieron.
Mowgli se apoyó sobre sus amigos para apartarlos de allí. Los animales echaron a correr. Parecía que salían de una horrible pesadilla.
—Por ningún motivo separes tu mano de mi lomo —murmuró Bagheera—. Si te separas de mí, iré ciegamente hacia Kaa.
—¿Pero no os dais cuenta de que lo único que hace es trazar círculos en el suelo? —dijo Mowgli—. Vámonos —y los tres se fueron a todo correr a través de las murallas hacia la Selva.
—¡Uff! —exclamó Baloo al encontrarse sano y salvo bajo los árboles—. Jamás buscaré otra vez la ayuda de Kaa.
—Es más sabia que nosotros —y se notaba claramente el temblor de Bagheera—. Si me hubiera quedado un rato más en la terraza, habría ido a parar a su inmensa boca.
—¿Cuántos serán los que vayan a parar a ella antes de que salga la Luna de nuevo? —dijo Baloo—. Va a tener una caza maravillosa, pero a su estilo.
—Bueno, ¿queréis explicarme lo que significaba todo aquello? —dijo Mowgli—. Lo único que vi fue a la enorme pitón trazando estúpidos círculos. Tenía la nariz tremendamente hinchada. Era hasta gracioso —el niño desconocía el poder de fascinación de Kaa.
—Mowgli, si estaba hinchada su nariz, tú eres el culpable. Como eres también el culpable de que no haya parte alguna de mi cuerpo que esté libre de mordiscos: mi cuello, mis orejas, mis patas... Ni Baloo ni yo podremos salir de caza en varios días.
—No tiene importancia —dijo Baloo—. De todos modos, hemos recobrado a nuestro amigo.
—Tienes razón, pero hemos empleado un tiempo precioso. Hubiéramos estado muy bien cazando. Hemos sufrido heridas, hemos perdido el pelo —parece que han arado en mi espalda— y hemos puesto en juego nuestra honra. Ten en cuenta, Mowgli, que yo, la pantera negra, tuve que pedir auxilio a Kaa. Y tú viste cómo Baloo y yo quedamos hipnotizados como pajarillos ante la Danza del Hambre. Y todo porque se le ocurrió ir a jugar con los monos.
—Tenéis razón —afirmó con tristeza Mowgli—. He sido muy malo. Algo me lo dice en el alma.
—¿Qué establece la Ley de la Selva, amigo Baloo?
Éste no quería disgustar más a Mowgli, pero tampoco podía, permitir que se conculcara la Ley. Por eso dijo:
—Me acuerdo. Ha cometido una falta y tiene que ser castigado físicamente. ¿Qué dices a eso, Mowgli? —Nada. Está claro que hice mal y, además, por mi culpa vosotros estáis heridos.
Bagheera le propinó entonces media docena de golpes. Lo hizo cariñosa y suavemente. Nada habría supuesto si hubiera pegado a sus cachorros, pero para un muchacho aquello resultó una monumental paliza. Cuando terminó, Mowgli se enderezó sin decir palabra.
Ahora, siéntate en mi lomo —dijo Bagheera— y vamos a casa.
La maravilla de la Ley de la Selva es que el castigo salda todas las cuentas pendientes. El asunto queda absolutamente zanjado.
Mowgli se tendió sobre el lomo de Bagheera, apoyó la cabeza y se quedó profundamente dormido. No despertó ni cuando lo depositaron junto a Madre Loba en la cueva donde tenía su hogar.
Búfalo, enamorado de tus cuernos;
como el agua que corre en la cañada,
mantén limpia tu piel y tus recuerdos.
Nada importa si un toro te voltea,
si el furor hunde su saña en tu cuerpo.
Sigue siempre el camino de tu empeño.
Una batalla nunca fue una guerra.
Ten piedad de los cachorros ajenos.
Tu padre los convidará a su mesa.
Son torpes, despreciables por pequeños.
Hijos son de la osa y su fiereza.
Orgulloso está el cachorro de su presa,
primera hazaña de un bravo montero.
Viviendo la grandeza de la Selva,
imitará la humildad del romero.
(Máximas de Baloo)
TODO LO QUE VAMOS A CONTAR AHORA sucedió no mucho tiempo antes de que Mowgli fuera arrojado de la manada y de su venganza contra Shere Khan. Baloo le enseñaba la Ley de la Selva. El oso pardo, adusto, viejo, inmenso, se sentía orgulloso de tener un discípulo tan inteligente. Normalmente, los lobatos aprenden sólo lo que hace referencia a las necesidades de su manada. Es lo único que les interesa de la Ley de la Selva. De la mítica Canción de Caza sólo memorizan: Pies silenciosos, ojos que traspasan la noche, orejas capaces de distinguir los distintos ruidos y a distancia, los dientes listos, esto es lo que caracteriza a nuestros hermanos. Todos somos así, menos Tabaqui, el chacal, y la hiena, a la que odiamos con toda el alma.
Mowgli ya era un hombrecito, necesitaba aprender mucho más. Bagheera sentía una gran curiosidad por ver los progresos del cachorro humano al que tanto quería. Descansaba contra un árbol y ronroneaba mientras escuchaba gustosamente cómo Mowgli recitaba su lección a Baloo.
Trepaba a los árboles ágilmente. Era para él un ejercicio tan normal como andar. Nadar y correr no tenían secretos para él. Por eso Baloo le enseñó la Ley del Bosque y la del Agua; la ciencia de distinguir una rama sana de una carcomida; la de hablar suavemente a las abejas salvajes cuando tuviera que pasar por debajo de una de sus colmenas, suspendida unos metros por encima de su cabeza; lo que tenía que decir a Mang, el murciélago, cuando éste se empeñara en no dejarlo descansar durante el día, y el lenguaje que tenía que emplear con las serpientes de agua antes de lanzarse a una laguna entre ellas.
Fue muy sabia para Mowgli la consigna del Cazador extraño. Hay que repetirla en voz alta hasta que alguien conteste: Dadme permiso para cazar en este territorio. Tengo hambre. La respuesta tiene que ser: Caza, pero solamente para comer. No busques en la caza tu diversión.
Ya veis la cantidad de cosas que tuvo que aprender Mowgli, y aprenderlas de memoria. Se cansaba, pues había cosas que tenía que repetir hasta cien veces. Hasta hubo un día en que Baloo le pegó. Cuando Mowgli se fue malhumorado, Baloo le dijo a Bagheera:
—Una cría humana es una cría humana. Debo enseñarle toda la Ley de la Selva. Debe aprender más que nadie.
—Pero ten en cuenta que es todavía un cachorro —dijo Bagheera enternecida. Hubiera llenado de mimos a Mowgli de haber estado encargada de su educación—. Su cabeza es todavía pequeña y tus enseñanzas demasiado largas. No le pueden entrar en ella.
—Tú sabes que en la Selva pueden ser una presa hasta las criaturas más pequeñas. Eso es lo que trato de que Mowgli vaya aprendiendo. Y por eso le pego alguna vez. Pero siempre con amor, si es que, distraído, olvida algo.
—Hablas de suavidad y tienes las patas de hierro —gruñó Bagheera—. Hoy le has dejado toda la cara marcada. Y hablas de suavidad.
—Prefiero marcarle yo, llenarle la cara de cardenales, yo que lo quiero, que no verlo sufriendo por desconocer algo —contestó Baloo muy seriamente—. En estos momentos le enseño las Palabras Mágicas de la Selva. Éstas lo protegerán contra los pájaros enemigos, contra las serpientes, contra todo cazador, excepto contra los de su propia manada. Basta con que de ahora en adelante recuerde estas palabras y estará seguro en todas partes. Y ahora dime si no vale la pena que reciba algunos golpes.
—Pero ten cuidado, porque tú eres capaz de matar al cachorro de hombre. No lo confundas con un tronco de árbol y afiles en él tus garras. Explícame qué Palabras Mágicas son ésas. Normalmente seré yo quien preste ayuda en vez de pedirla —y mientras hablaba, dejaba ver sus terribles garras—. De todos modos me gustaría conocerlas.
—Que sea el mismo Mowgli quien te las aclare, suponiendo que esté de humor para hacerlo. Ven aquí, pequeño.
—Me zumba la cabeza como si tuviera en ella un enjambre —dijo una voz fina y malhumorada. Era Mowgli, que se deslizaba por el' tronco de un árbol y bajaba a tierra.
—Y que conste que si vengo es por Bagheera y no por ti, Baloo, saco de grasa.
—No doy importancia a lo que dices —dijo Baloo, que realmente se sintió herido por las palabras de Mowgli—. Repítele a Bagheera las Palabras Mágicas de la Selva que has aprendido hoy conmigo.
—Las Palabras Mágicas forman un conjunto de lenguajes, hablados por diferentes pueblos. ¿Qué lenguaje debo hablar? Sabes que hay muchos, y los sé todos.
—Sabes algo. Menos de lo que crees. Está claro, Bagheera. No hay un solo lobato que se muestre agradecido con quien le enseña. Nadie da las gracias a Baloo. Habla de las palabras que se refieren al Pueblo Cazador.
—Los dos llevamos la misma sangre —dijo Mowgli imitando el acento de oso de todos los que cazan en ese territorio.
—Continúa con las de los Pájaros.
Mowgli las repitió. Y al final silbó como lo hace el buitre.
—Ahora quiero que me digas las de las Serpientes —dijo Bagheera.
Mowgli contestó con un silbido imposible de describir. Hizo luego una pirueta salvaje, él mismo aplaudió su propia habilidad y se colocó de un salto a lomos de Bagheera. Se quedó de medio lado, golpeó con los talones el flanco de la pantera e hizo unas muecas horrorosas a Baloo.
—Veo que te has ganado limpiamente los cardenales —dijo lleno de ternura el oso—. Ya te sentirás agradecido algún día.
Le explicó a Bagheera, volviéndose hacia ella, cómo había pedido a Hathi, el más sabio de todos los elefantes, el que lo sabe todo, que llevara a Mowgli a una laguna. Una serpiente de agua había explicado a Mowgli su lenguaje. Baloo era incapaz de pronunciar las palabras de las Serpientes.
Mowgli estaba a salvo de todo lo que de malo se le pudiera presentar en la Selva. Ningún animal le haría daño alguno, ni las serpientes, ni los pájaros, ni las fieras.
—Ya a nadie tiene que temer —dijo Baloo, golpeando suavemente su vientre gordo y peludo.
—A nadie, salvo a los miembros de su propia manada —dijo Bagheera en voz baja. Luego se dirigió en voz más fuerte a Mowgli— ¿Qué haces con mis costillas, amigo? ¿Se puede saber por qué bailas de ese modo?
Mowgli intentaba hacerse oír por Bagheera y para conseguirlo le estiraba la piel y bailaba furiosamente sobre ella.
Cuando lo logró, gritó:
—Me van a dar una tribu. Y la dirigiré por entre las ramas de los árboles.
—Ya estamos con una de tus locuras. No sueñes —dijo Bagheera.
—Podré tirar ramas y toda clase de objetos sucios a Baloo —dijo Mowgli—. Es la promesa que me han hecho.
—¡Wufffl —la pata peluda y enorme de Baloo arrojó a Mowgli del lomo de Bagheera donde estaba tan contento. Quedó tendido ante las patas delanteras de la pantera y se dio cuenta del mal humor que había despertado en Baloo.
—Mowgli —le dijo Baloo—, has hablado con el Pueblo de los Monos, los Bandar–log.
Mowgli fijó sus ojos en Bagheera. Quería saber si la pantera se había enfadado también. La expresión de sus pupilas era de enorme dureza. Brillaban como piedras de jade.
—Has estado con el Pueblo de los Monos; los despreciables monos grises, los sin Ley; los que comen todas las porquerías que encuentran. Es una vergüenza.
—Baloo me pegó en la cabeza —dijo Mowgli. Seguía aún tendido de espaldas—. Me marché y los monos grises bajaron rápidamente de los árboles, se acercaron y tuvieron compasión de mí. Fueron los únicos que mostraron tales sentimientos —al decir esto se veía que estaba profundamente dolido.
—Hablas de la compasión de los monos —dijo molesto Baloo—. Es como hablarme de la paz de las aguas que se despeñan torrencialmente desde la cumbre del monte. O como si me hablaras de la frescura del sol en verano. Ahora dinos qué ocurrió luego.
—Después me dieron nueces y otras cosas de un sabor exquisito. Me llevaron en brazos a lo más alto de los árboles. Me aseguraron que eran mis hermanos. Había una pequeña diferencia entre nosotros: que yo no tenía cola como ellos. Hablaron seriamente de que algún día yo sería su jefe.
—Mienten en esta ocasión como siempre. Jamás han tenido jefe —dijo Bagheera en el colmo de la indignación.
—Fueron maravillosamente amables conmigo. Me insistieron que querían que volviera a verlos. ¿Por qué siempre me habéis tenido apartado del Pueblo de los Monos? Es cierto que se parecen a mí. Andan sobre dos pies como yo. No me pegan ni tienen las patas duras. Su día es una pura diversión. Quiro subir adonde están ellos. Baloo, no seas malo. Quiero volver a jugar con ellos.
—Cachorro humano, quiero que me oigas bien —le dijo Baloo. Su voz era como un trueno—. Todo lo que sabes de la Ley de la Selva lo sabes por mí. Y la Ley te servirá para tratar con todos los animales de la Selva menos con los monos. Son los únicos que no tienen Ley. Todo el mundo los rechaza. Ni siquiera tienen lenguaje propio. El suyo es una mezcla del lenguaje de todos los demás animales. Están siempre a la escucha desde las altas ramas. Sus caminos son totalmente diferentes de los nuestros. Nunca han llegado a tener jefes. Tampoco tienen memoria. Son unos charlatanes y unos presumidos. Se creen serios y preocupados por problemas importantes. Pero que caiga una nuez delante de ellos, y todo se les convertirá en risa. Se les olvida todo. No tienen los mismos bebederos que nosotros. Tampoco tenemos los mismos lugares de caza, ni vamos adonde ellos suelen ir, ni morimos donde ellos mueren. ¿Me has oído hablar alguna vez de los Bandar–log?
—No —dijo Mowgli hablando muy bajo. Y es que el bosque se quedó completamente callado en cuanto calló Baloo.
—Todos los animales, el Pueblo de la Selva entero, los ha desterrado de sus conversaciones y de sus pensamientos. Son muy numerosos, sucios, maliciosos, desalmados. Lo único que les interesa es que nosotros nos fijemos en ellos. Pero nada cuentan para nosotros en ningún momento, incluso cuando nos bombardean con inmundicias.
Apenas acabó de hablar, cayó desde lo alto de los árboles una lluvia de frutos y ramas, y se oyó en las alturas una sinfonía de toses, aullidos y saltos locos de rama en rama.
—El Pueblo de la Selva no puede tener trato alguno con los monos. Tenlo siempre presente.
—Totalmente prohibido —confirmó Bagheera—. Y lo extraño es que Baloo no te lo haya advertido.
—¿Yo? Jamás podría haber adivinado que Mowgli iba a jugar alguna vez con semejante ralea. ¡Los monos! Me dan asco.
Se repitió el chaparrón. Baloo y Bagheera se fueron corriendo hacia otro sitio arrastrando consigo a Mowgli.
Baloo estaba en lo cierto con respecto a los monos. Vivían en las copas de los árboles. Las fieras no suelen mirar hacia lo alto. Por eso los caminos de los monos y los de los demás animales de la Selva jamás se cruzaban. Pero era doloroso que en cuanto veían a un animal de la Selva enfermo o herido, los monos se ensañasen con él. Arrojaban toda clase de cosas sobre cualquier fiera. Y lo hacían sencillamente para llamar la atención. Aullaban, cantaban canciones estúpidas invitando a los demás animales a que se subieran a los árboles para pelear con ellos. Ellos mismos andaban siempre enzarzados en terribles luchas por cualquier nadería.
Y eran desagradables hasta por el hecho de dejar sus muertos bien visibles. En muchas ocasiones habrían podido tener una organización con jefe, leyes y costumbres propias. Pero jamás lo lograban definitivamente. Peleaban, se olvidaban de todo y los consolaba esta frase: Toda la Selva llegará a pensar como nosotros pensamos ahora.
Ningún animal del bosque podía llegar hasta las alturas en las que ellos estaban. Por eso se emocionaron cuando Mowgli quiso compartir sus juegos. Y fue divertido, sobre todo porque vieron cómo todo eso molestaba a Baloo.
Así quedó todo. Normalmente los monos no tienen iniciativa alguna. Pero uno de ellos pensó algo que a todos los demás les pareció magnífico. Era conveniente conservar en su tribu a Mowgli. Sabia entrelazar ramas. Y ese entramado era una magnífica protección contra el viento. Mowgli lo hacía casi sin darse cuenta. Al ser su padre leñador, solía construir chozas con ramas caídas. Mowgli había heredado esa habilidad. No pasó inadvertido a los monos ese hecho. Se vieron con un gran jefe y como el pueblo más sabio de la tierra. Seguramente todos los demás los admirarían. Por eso, sin hacer ruido alguno, siguieron a Mowgli, Bagheera y Baloo por toda la Selva. Mowgli se echó a dormir entre el oso y la pantera. Juró que jamás trataría con los monos.
Su siguiente recuerdo fue verse atrapado por unas manos fuertes y pequeñas, sentirse inmovilizado de brazos y piernas, el choque de unas hojas y luego mirar hacia abajo desde la altura de los árboles.
Baloo despertó a toda la Selva con sus rugidos y Bagheera iba de árbol en árbol enseñando furiosa sus dientes terribles. Los monos treparon hasta las ramas más altas. Ni siquiera Bagheera se atrevió a seguirlos hasta allí.
Por eso gritaron triunfantes:
—Bagheera se ha fijado en nosotros. Se ha fijado en nosotros. Ya somos objeto de admiración para todo el Pueblo de la Selva.
Empezó la huida de los monos, una huida revestida de caracteres indescriptibles. Tienen caminos en las copas de los árboles, atajos, subidas y bajadas, a una altura excesiva sobre el nivel del suelo: quince, veinte y hasta treinta metros. Son capaces de viajar de noche en ese laberinto. Dos de los monos más fuertes habían cogido a Mowgli por las axilas y le llevaban en volandas hasta la cima de los árboles, con unos saltos de siete metros. El peso del chico los lastraba. Mowgli, casi mareado, sentía el cosquilleo de la emoción. Aunque, de cuando en cuando, ver la tierra allá abajo le producía sensación de vértigo. Era horrible pararse, balancearse, tomar impulso y saltar a otra rama. A veces estaba en las ramas más altas, temblando de miedo ante la posibilidad de que se rompieran. A los pocos segundos ya se encontraba en las ramas bajas del árbol siguiente.
Llegó en algunos momentos a tener la impresión de hallarse encaramado a un mástil, viajando en un mar verde. Sólo cuando el ramaje le sacudía la cara, se daba cuenta de dónde se encontraba. Así, entre resoplidos, saltos, ruidos y chillidos siguieron aquel camino loco. Mowgli iba conducido como un prisionero.
Hasta llegó a temer que lo soltaran dejándolo caer desde lo alto. Sintió una furia creciente. Pero al ver cuál era su situación real, la de un preso, no quiso dar signos de rebeldía. Sí que vio claramente enseguida que tenía que avisar a sus amigos, Bagheera y Baloo. Dada la velocidad con que los monos huían, se daba cuenta de que sus amigos se iban a quedar atrás. Nada conseguía mirando hacia abajo. Sólo veía las puntas de las ramas.
Por un momento dirigió su mirada al cielo inmenso y azul, y vio en todo lo alto a Rann, el buitre. Como siempre, vigilaba la muerte de algún ser de la Selva. Vio que los monos llevaban algo y descendió unos cientos de metros en picado para ver el género de presa. En ese instante, llevaban a Mowgli en volandas hasta lo más alto de un árbol. El buitre le oyó gritar, se sorprendió y contestó con un silbido: Llevamos la misma sangre. La espesura se cerró de nuevo y Rann desvió su vuelo hasta el siguiente árbol, desde donde vio de nuevo a Mowgli.
—No dejes mi pista —gritó el chico—. Pasa el aviso a Baloo, de la manada de Seeonee, y a Bagheera, del Consejo de la Roca.
—Dime en nombre de quién, amigo —dijo Rann. Nunca había visto a Mowgli, aunque había oído hablar de él en muchas ocasiones.
—Soy Mowgli, la Rana. Me llaman cachorro humano. Sigue mi pista.
Apenas se oyeron las últimas palabras. Se sintió balancear en el aire, listo para el próximo salto. Rann hizo unas señales de asentimiento. Se elevó hasta quedar reducido a un puntito insignificante. Pero nada de cuanto ocurría debajo de el escapaba a sus ojos penetrantes. Pudo seguir perfectamente el camino de los monos y su prisionero Mowgli.
—Poco va a durar su huida —dijo riéndose sofocadamente—. Estos monos son unos inconscientes en todo cuanto emprenden. Los Bandar–log empiezan siempre mil cosas nuevas. Pero tengo la impresión de que esta vez han ido demasiado lejos. Se van a arrepentir. Porque Baloo y Bagheera no son precisamente seres indecisos y miedosos. Bagheera es capaz de matar algo más que cabras —se meció en el aire, recogió las patas, desplegó las alas y esperó.
Por su parte, Baloo y Bagheera se sentían consumir de furor. Bagheera subió hasta los árboles más altos. En más de una ocasión se rompieron las ramas. Lo que hacía era una temeridad que jamás había cometido. Cuando caía al suelo solía llevar las garras llenas de corteza. Tenía que aminorar el golpe de la caída agarrándose a las ramas y al tronco.
—¿Por qué no pusiste al cachorro humano sobre aviso? —decía en un tremendo rugido a Baloo, que con su trote pesado esperaba adelantarse a la loca carrera de los monos—. Fue una estupidez matarlo casi a golpes y, en cambio, no ponerle en guardia contra este peligro.
—Date prisa. Es posible que los alcancemos —decía Baloo extenuado.
—Creo que llevamos un paso que podría seguir cómodamente hasta una vaca. Gran Maestro de la Ley de la Selva, azotacachorros. Bastaría una corta distancia para hacerte reventar. Descansa y piensa. Piensa un plan. Sería peligroso hasta que los alcanzáramos. Asustados, lo podrían dejar caer.
—¡Brrr! Es posible incluso que ya lo hayan hecho, cansados de llevarlo. ¿Quién se puede fiar de los monos? Corona mi cabeza con murciélagos muertos. Aliméntame solamente a base de huesos viejos. Hazme caer de cabeza en una colmena de abejas furiosas que me piquen hasta matarme. Y, luego, entiérrame cerca de la madriguera de una hiena. Soy el oso más desgraciado que haya nacido. ¡Brrr! ¡Ah! ¡Mowgli! ¡Mowgli! ¿Por qué fui tan estúpido y, en vez de golpearte, no te previne contra los monos? Es posible incluso que mis golpes le hayan sacado de la cabeza mis lecciones y en estos momentos se encuentre en la Selva desamparado, al no acordarse de las Palabras Mágicas.
Baloo metió la cabeza entre las patas delanteras y se convirtió en un puro sollozo.
—Ten en cuenta que a mí me las dijo correctamente hace muy poco tiempo todavía —dijo Bagheera impaciente—. Baloo —continuó—, has perdido completamente la cabeza y el respeto a ti mismo. Ponte en mi lugar y juzga lo que pensaría la Selva si me hiciera una bola como Ikki, el puerco espín, y me dedicara a lamentarme.
—Nada me importa lo que piense la Selva de mí. Es posible que a estas horas Mowgli ya haya muerto. —Sólo por pereza o por juego lo dejarían caer. Pero no hay que temer demasiado por el cachorro humano. Es listo, está bien formado y nadie es capaz de aguantar su mirada. Pero hay que reconocer que la situación es grave. Está en poder de los monos. Nadie puede llegar hasta donde ellos viven. A nadie temen —Bagheera mordisqueaba nerviosamente una de sus patas delanteras.
—¡Tonto y necio de mí! No soy más que un desenterrador de raíces —dijo Baloo enderezándose de un salto—. Es una verdad evidente lo que afirma el sabio Hathi, el elefante, cuando dice: Cada uno tiene su propio miedo. El miedo de los monos es Kaa, la serpiente de la Roca. Sube a los árboles tan bien como ellos; les roba sus crías por la noche. Cuando oyen su nombre les castañetean los dientes. Vamos a hacer una visita a Kaa.
—¿Para qué? No es de nuestro pueblo, porque no tiene patas. Y está claro que es un saco de maldad. Lo lleva escrito en los ojos —dijo Bagheera.
—Tan vieja como astuta. Y siempre hambrienta. Prométele un rebaño entero de cabras —dijo Baloo lleno de esperanza.
—Sabes como yo que en cuanto come una se pasa durmiendo un mes entero. Es posible incluso que en estos momentos se encuentre durmiendo. Y es posible también que prefiera cazar ella misma las cabras —Bagheera, que desconocía casi por completo a Kaa, desconfiaba de todo lo que concernía a la serpiente.
—Entre nosotros dos, viejo amigo, somos capaces de convencerla —Baloo frotó amistosamente con su paletilla la piel de la pantera. Y los dos juntos se fueron en busca de Kaa, la pitón que vive en la Roca.
La encontraron tendida al sol en el saliente de un peñasco. Contemplaba con admiración su propia piel, hermosa y brillante, nueva. Le había costado diez días cambiarla. Lo había hecho en el retiro más absoluto. Parecía una enorme joya, con su cabeza roma y su cuerpo de nueve metros enroscado en fantásticos anillos. Soñaba con su próxima presa.
—Estamos de suerte —dijo Baloo precavidamente y con satisfacción en cuanto vio su hermosa piel nueva—. Hay que tener cuidado. Cuando muda de piel se queda medio ciega. Ataca por puro instinto a todo lo que se le ponga por delante.
Kaa tenía a gala no ser venenosa. Despreciaba a las que lo eran. Su fuerza estaba en su capacidad de presión. Cuando se enroscaba alrededor del cuerpo de su presa, ésta se podía dar por perdida.
—¡Buena caza! —gritó Baloo sentado sólo sobre sus cuartos traseros.
Kaa era sorda, como lo son normalmente las pitones. Se preparó para el ataque enrollándose en forma de espiral, con la cabeza baja.
—Que la caza sea buena para todos —contestó—. ¡Ah! ¿Eres tú, Baloo? ¿Qué haces aquí? ¡Buena caza, Bagheera! Necesito comer. ¿Habéis visto algo cerca? Me conformo con un gamo, aunque sea joven. Me siento tan vacía como un pozo seco.
—Vamos de caza —dijo Baloo sin dar importancia a sus palabras. No es una buena táctica meter prisa a las serpientes pitones. Son demasiado grandes para ser rápidas.
—Dejadme que vaya con vosotros —les rogó Kaa—. A Baloo y a Bagheera no les importa dar un zarpazo más o menos. Yo, en cambio, me veo obligada a esperar días enteros en alguna senda perdida del bosque. O subir a los árboles por la noche para sorprender a algún mono poco avispado. ¡Ssshs! Hay que tener cuidado además con las ramas. Están todas podridas, especialmente las mayores, o secas.
—Es posible que sea por tu peso —le dijo Baloo.
—Realmente no me falta longitud —contestó Kaa con aire de orgullo—. Pero sigo pensando que la culpa no es mía, sino del ramaje nuevo. En mi última cacería estuve a punto de caerme al suelo. Y al no tener fija mi cola al tronco del árbol, produje tal ruido que los monos se despertaron y comenzaron a insultarme.
—Lombriz de tierra, miserable y sin patas —dijo como sin quererlo Bagheera.
—¡Ssshss! ¿Me han insultado así alguna vez? —preguntó Kaa airada.
Así nos insultaron a nosotros los Bandar–log en la Luna nueva pasada. No les hicimos caso. Dicen cualquier cosa. Hasta que te has quedado sin dientes, que tienes miedo a todo lo que sea mayor que un cabrito —los monos son unos deslenguados —y que tienes miedo a los cuernos —siguió insidiosamente Bagheera.
Las serpientes pitones disimulan sus sentimientos. jamás dan muestras de haberse encolerizado. Kaa quiso mostrarse así. Pero Baloo y Bagheera vieron cómo se le hinchaban los enormes músculos del cuello.
—Los monos han abandonado su territorio —dijo con aparente tranquilidad—. Oí sus gritos justamente cuando salía a tomar el sol. Se oían en las copas de los árboles.
—Pues precisamente vamos siguiendo su rastro —dijo Baloo.
No le salieron las palabras como él hubiera querido. Recordó de pronto que el era el primer animal de la Selva que había mostrado cierto interés por la vida de los monos.
—Evidentemente, el asunto debe de ser muy serio cuando vosotros, tan importantes en la Selva y entre los vuestros, estáis siguiendo el rastro de los Bandar—log —respondió con fina cortesía Kaa, al mismo tiempo muerta de curiosidad.
—Realmente —dijo Baloo—, yo soy un viejo maestro de la Ley, no demasiado inteligente, encargado de enseñársela a los lobatos de la manada de Seeonee, y amigo de Bagheera, que me acompaña.
Bagheera cerró con ruido sus mandíbulas. Ella no era partidaria de falsas modestias.
—El asunto que traemos entre manos es éste —dijo Bagheera dirigiéndose a Kaa—; esos miserables y despreciables ladrones de nueces nos han robado a nuestro amigo, el cachorro humano. Seguramente habrás oído hablar de él.
—Sí, me dijo algo Ikki —ciertamente, está cada día más infatuado de sus púas— acerca de una cría de hombre admitida en una manada. Pero no lo tomé en serio. Ikki es un relator de noticias mal oídas y peor contadas.
—En esta ocasión estaba en lo cierto. Y se trata de un hombrecito maravilloso. Nadie hubo semejante a él —dijo Baloo—. Es inteligente, elegante, el mejor. Hará famoso mi nombre en toda la Selva, Kaa. Lo queremos locamente.
—¡Bueno! ¡Bueno!, que no sólo vosotros sabéis lo que es querer. Si yo hablara, os enteraríais de muchas cosas. —Nos las tienes que contar una noche de Luna y con el estómago lleno —dijo Bagheera—. Los monos tienen en su poder a nuestro hombrecito. Y sabemos, Kaa, que eres tú el único animal de la Selva al que temen.
—A nadie más. Y no les faltan motivos para pensar así —dijo Kaa—. Los monos son unos charlatanes necios y vanidosos. Si tienen a un hombre entre ellos, está claro que corre peligro. Cogen una nuez, les cansa enseguida y la tiran. Cogen una rama, la llevan toda una mañana, dicen que van a hacer maravillas con ella y luego, sin saber por qué, la parten y la tiran. No quisiera estar yo en la piel del hombrecito. ¿Os acordáis si cuando me insultaron me llamaron pez amarillo?
—Sólo lombriz, lombriz de tierra —dijo Bagheeray algunas otras cosas que me avergonzaría repetir ahora.
—Creo que será conveniente recordarles que deben tener más respeto a su maestro. Sí, hay que refrescarles la memoria. Pero ¿tenéis idea de adónde se han llevado al hombrecito?
—No. La Selva lo sabrá. Creemos que se lo llevaron hacia poniente. Pensábamos que tú lo sabrías.
—¿Yo? Los suelo atrapar, si se me ponen al paso, en los caminos. Pero nunca en las ramas ni en las lagunas.
—¡Eh! ¡Baloo, de la manada de lobos de Seeonee! ¡Mira hacia arriba!
Baloo vio a Rann, el buitre, que caía en picado desde el cielo. El sol alumbraba el borde levantado de sus alas. A esas horas, Rann tenía que estar ya durmiendo. Había sobrevolado la Selva en busca del oso, pero el follaje le había impedido verlo.
—¿Traes noticias? —dijo Baloo.
—Sí. He visto a Mowgli entre los monos. Me encargó insistentemente que te lo dijera. Los he seguido. Se lo han llevado al otro lado del río, a la ciudad de los monos, a las Moradas Frías. Como son tan imprevisibles, es posible que se queden allí un breve o largo tiempo. De todos modos, he encargado a mis amigos, los murciélagos, que los vigilen durante la noche. Es todo. Buena suerte.
—Buena suerte también para ti. Felices sueños después de haber llenado bien el buche, Rann —gritó Bagheera alborozada—. Te tendré en cuenta cuando cace la próxima vez. Reservaré la cabeza de lo que mate y te la ofreceré a cambio de tus servicios, a ti, el mejor de los buitres.
—Lo que he hecho no es nada. El chico se lo merecía. Se acordó de las Palabras Mágicas. Me sentí obligado a cumplir su encargo —después de decir esto se elevó en círculos, volando luego en busca de refugio.
—Felizmente, no ha perdido la lengua —dijo Baloo con orgullo—. Tan joven y ha sido capaz de acordarse de las Palabras Mágicas justamente cuando se lo llevaban a través de la Selva.
—Se las metiste en la cabeza a fuerza de golpes —comentó Bagheera—. Pero me siento orgullosa de él. Vamos a las Moradas Frías.
En la Selva todo el mundo conoce dónde están las Moradas Frías, pero nadie se acerca a aquel lugar. Se trata de una ciudad antigua y abandonada, medio enterrada en la Selva. Las fieras no suelen hacer sus guaridas donde antes habitaron los hombres. La puede hacer el jabalí, pero nunca los animales cazadores. Ni siquiera los monos viven regularmente allí. Todos los habitantes de la Selva suelen dejar un enorme espacio entre su camino y las Moradas Frías. Acuden a aquel lugar solamente en momentos de sequía pertinaz. Entonces, las cisternas y estanques de la ciudad abandonada suelen conservar alguna reserva de agua.
—Si vamos a toda velocidad, es posible que lleguemos allí hacia medianoche —comentó Bagheera. Baloo se quedó serio, como asustado.
—Iré a mi máxima velocidad —dijo Baloo preocupado.
—No podemos esperarte. Síguenos, Baloo. Kaa y yo somos siempre veloces.
—Sabes que aun sin pies puedo alcanzar la misma velocidad que tú que tienes cuatro patas —dijo Kaa. Baloo se esforzó por ir lo más rápidamente posible. Pero pronto se rindió a la realidad. Se sentó agotado. Lo dejaron con la esperanza de que, aunque más despacio, los seguiría. Bagheera se adelantó con ese trote característico de los animales de su especie. Kaa no hizo comentario alguno, pero precedía siempre a la pantera, aunque ésta acelerara su carrera. Ganó terreno Bagheera cuando, al llegar a un arroyo, lo pasó de un salto. Kaa tuvo que vadearlo, dejando asomar solamente su cabeza y una pequeña parte del cuerpo. Pero en cuanto tocó tierra de nuevo alcanzó con toda facilidad a la pantera.
—¡Por la cerradura que me permitió ser libre! —dijo Bagheera—. Eres una andariega invencible.
—Tengo hambre —dijo Kaa—. Y, además, ten en cuenta que me han llamado rana manchada.
—Lombriz de tierra y amarilla, para mayor exactitud.
—Es lo mismo. Continuemos —parecía que Kaa se confundía con la tierra. Encontraba con toda seguridad el camino más corto y lo seguía sin equivocarse.
En las Moradas Frías los Bandar–log pensaban en todo menos en los amigos de Mowgli. Cuando llegaron con el muchacho a la ciudad perdida, se quedaron satisfechos. Mowgli no había visto jamás una ciudad india y, aunque ésta no era ya más que un montón de ruinas, le pareció deslumbrante y soberbia. Fue edificada por un rey, hacía muchos años, en lo alto de una colina. Todavía se adivinaban las calzadas que conducían a las puertas. De éstas sólo quedaba el recuerdo de algunas tablas adheridas todavía a los goznes herrumbrosos y prácticamente destruidos. Los árboles crecían por todas partes. De los muros, que habían perdido sus fortificaciones suplementarias, colgaban en grandes matas las enredaderas. La colina estaba coronada por un gran palacio sin techumbre. El precioso mármol de patios y fuentes estaba estropeado, lleno de manchas, roto. Se veía claramente todavía cuáles habían sido las salas donde habitaban los elefantes del rey. Pero las losas del suelo estaban separadas por las hierbas y los árboles que crecían a discreción. Era posible ver desde el palacio grandes hileras de casas sin techo. Eran las casas de la antigua ciudad. Parecidas a colmenas sin tapadera, sólo estaban habitadas por las sombras más oscuras. Había un enorme ídolo derribado en la confluencia de cuatro avenidas. Lo que antiguamente habían sido fuentes y pozos, ahora eran solamente unos hoyos secos casi todo el año. Las preciosas cúpulas antiguas estaban hundidas y flanqueadas por higueras silvestres.
Los monos se la habían atribuido como su ciudad. Despreciaban a todos los animales por vivir en el bosque. Pero nunca llegaron a comprender por qué se habían levantado todos aquellos edificios, y menos aún el uso que se había hecho de ellos. Se sentaban en círculos en la antecámara de la sala del Consejo, se quitaban las pulgas y bravuconeaban como hombres. Salían o entraban en las casas sin techo, transportaban yeso o ladrillos hasta un sitio, y luego se olvidaban por qué y dónde lo habían escondido.
Peleaban por creerse robados por los demás. Y cuando más enfadados parecían estar, empezaban a jugar, bajando y subiendo como locos las terrazas del jardín real, sacudiendo fuertemente los rosales y los naranjos, por el simple placer de ver cómo caían las flores o los frutos. Conocían todos los pasadizos subterráneos del palacio. Pero enseguida se olvidaban de lo que acababan de ver. Se consideraban tan importantes como los hombres cuando paseaban solos o en pequeños grupos por aquel laberinto. Bebían en las cisternas, pero sin cuidado alguno. Por eso ensuciaban el agua y discutían por ello.
Pero, pasando inmediatamente del enfado a la alegría desmedida, gritaban todos juntos:
—Somos los más sabios de la Selva, los mejores, los más inteligentes, los más fuertes y los más prudentes.
De nuevo volvían a rebrotar los antiguos problemas hasta que, cansados de todo, se iban de la ciudad a las copas de los árboles con la estúpida esperanza de que los animales de la Selva se fijaran en ellos.
A Mowgli, perfectamente educado en la Ley de la Selva, le pareció una vida sin sentido. Llegaron a las Moradas Frías, llevando a Mowgli, al caer la tarde. Normalmente deberían haberse ido a dormir, teniendo en cuenta el largo viaje. Pero los monos se pusieron en círculo y empezaron a cantar absurdas canciones. Incluso hubo uno, que, sintiéndose orador, les dijo a todos que la captura de Mowgli representaba la fecha del inicio de una nueva era para los Bandar—log. Les iba a enseñar, uniendo ramas y cañas, a construir refugios contra la lluvia. Mowgli, como demostración de su capacidad, cogió algunas enredaderas y empezó a entretejerlas. Los monos trataron de imitarlo. Pero el juego sólo les duró unos minutos. Faltos de interés, empezaron a tirarse de las colas y a saltar sobre sus cuatro patas.
—Quiero comer —dijo Mowgli—. Soy un forastero en esta parte de la Selva. Dadme algo de comer o permiso para cazar.
Faltó tiempo para que veinte o treinta monos se lanzaran fuera de la ciudad en busca de nueces silvestres. Pero, como de ordinario, se enzarzaron, cuando volvían, en una pelea y echaron a perder lo que traían. Pensaron que no valía la pena ofrecer a su huésped aquellas frutas estropeadas.
Mowgli sentía dolores por todo el cuerpo; estaba magullado, malhumorado y hambriento. Erró por la ciudad abandonada, lanzó de cuando en cuando el grito de caza de los extraños. Nadie le contestó. Se convenció de que había ido a parar a un sitio indeseable.
—Qué razón tenía Baloo —pensó—. No tienen jefes, ley, ni grito de caza. Sólo palabras inútiles, sin sentido. Sus manos son como las de los pequeños ladrones. Seré el único culpable si me matan de hambre. Tengo que hacer todo lo posible y lo imposible por volver a la Selva. Seguro que Baloo me va a dar una paliza. Pero lo prefiero a estar aquí con los monos perdiendo el tiempo.
En cuanto llegó a las murallas, los monos le hicieron retroceder. Le aseguraron que no sabía apreciar la suerte que había tenido al estar con ellos en aquella ciudad. Le pellizcaron para que aprendiera a ser más agradecido. Rechinó los dientes y se calló. Se dirigió a una terraza situada sobre los depósitos de piedra roja destinados a recoger agua. Se dio cuenta de que los depósitos estaban medio llenos. En mitad de la terraza había un cenador destinado a las reinas que habían vivido en aquel palacio hacía unos cien años.
El techo, construido en forma de cúpula, estaba medio hundido. Eso había hecho que la comunicación entre el cenador y el pasadizo, usado antiguamente por las reinas, estuviera impracticable. Pero las paredes, perfectamente en pie, parecían unos biombos de mármol afiligranado, blanquísimo, con incrustaciones de ágata, cornalina y jaspe. Cuando la Luna se asomó por detrás de la colina, filtró su luz a través de aquellos calados, y dibujó en el suelo una especie de manto negro hermosísimo.
Mowgli, derrengado, con sueño y hambre, no pudo menos de reírse cuando unos veinte monos a la vez empezaron a predicarle lo grandes, sabios, fuertes y discretos que eran. Y que era un loco por intentar separarse de ellos.
—Somos inmensos, libres, extraordinarios y dignos de admiración por parte del resto de los animales de la Selva. Como nosotros estamos convencidos de ello, tiene que ser verdad —gritaban—. Pero tienes que enterarte de quiénes somos. Tú vas a tener ocasión de repetírselo después a todos los animales de la Selva. Así, de ahora en adelante se fijarán en nosotros. Te darás cuenta de que somos importantísimos.
Nada pudo oponer Mowgli a esa idea peregrina. Los monos se reunieron a cientos en la terraza para escuchar a sus oradores. Éstos cantaban las excelencias de los Bandar–log. A veces se callaban para tomar aliento. Y entonces, todos a la vez gritaban:
—Es cierto. Es lo que todos pensamos.
Mowgli asentía con la cabeza, parpadeaba, respondía con un sí cuando le preguntaban algo, y sentía al mismo tiempo un enorme mareo ante todo aquel alboroto.
—Parece que Tabaqui los ha mordido a todos y comunicado su locura. Porque están todos locos. Pero ¿cuándo duermen? Veo que está formándose una nube en el firmamento. A ver si cubre la Luna y, aprovechando la oscuridad, logro escabullirme. Aunque estoy muy cansado.
Dos amigos de Mowgli contemplaban la misma nube desde los fosos que rodeaban las murallas de la ciudad abandonada. Sabían que era peligroso luchar con los monos. Siempre se juntaban en número enorme, y Bagheera y Kaa conocían perfectamente el peligro que eso suponía. Los monos presentan batalla sólo cuando se encuentran en la proporción de uno a cien. Pero no hay animal de la Selva que se atreva a luchar contra ellos con esa enorme desventaja.
Yo me dirigiré hacia el lado oeste de la muralla —dijo Kaa como en un susurro—. El terreno está en declive y me permitirá lanzarme desde allí contra los monos. Seguro que no se me vendrán encima a centenares.
—Por mi parte sé lo que hay que hacer. Pero es una lástima que Baloo no esté con nosotros. Voy a esperar a que la nube cubra la Luna y entonces aprovecharé para subir a la terraza. Veo que están celebrando una especie de Consejo. Seguramente para deliberar sobre Mowgli.
—¡Buena caza! —dijo Kaa con aire feroz, mientras se deslizaba sin hacer ruido alguno hacia la zona occidental del muro. La gran pitón tardó en encontrar un camino practicable.
Al instante la nube interceptó la visión de la Luna. Mowgli se quedó expectante después de oír los pasos rapidísimos de Bagheera, que ya estaba en la terraza en medio de los monos. Había subido la pendiente sin hacer ruido y empezó a repartir golpes a diestro y siniestro. No valía la pena morder. Los monos estaban sentados alrededor de Mowgli en círculos de cincuenta o más. Se oyó un enorme aullido de rabia y sorpresa. Bagheera tropezó con los cuerpos de los monos que habían rodado por el suelo al ritmo de sus golpes. Uno de ellos gritó:
—¡Es uno solo! ¡Matadlo! ¡Matadlo!
Los monos se lanzaron en masa desordenada a morder, arañar, romper y arrancar cuanto pudiesen. Se precipitaron ciegamente sobre Bagheera. Media docena se apoderó de Mowgli, lo arrastró fuera del cenador y lo arrojó al agujero que había visto él antes. Cayó hasta el fondo. Cualquier chico se hubiera lastimado seriamente. Había caído desde unos cuatro metros de altura. Pero a Mowgli le había enseñado Baloo a caer: siempre de pie. —No te muevas de ahí —le gritaron los monos hasta que hayamos matado a tus amigos. Luego, vendremos a jugar contigo. Esperamos que el Pueblo Venenoso respete tu vida.
—Vosotros y yo tenemos la misma sangre —dijo Mowgli con mucha prisa por pronunciar las Palabras Mágicas salvadoras: las que sirven para las serpientes. Distinguía con claridad sus roces y sus silbidos entre los escombros que lo rodeaban. Para estar más seguro, volvió a gritar de nuevo:
A que es verdad, ssss.
—Vosotras, protegeos —dijeron seis serpientes en tono muy bajo.
Toda ruina en la India se convierte, con el tiempo, en un refugio ideal para las serpientes. Por eso el antiguo cenador era un hervidero de cobras.
Amigo, estate quieto, no te muevas. Nos harías daño con tus pies. Mowgli siguió fielmente la indicación. A través de los calados escuchó el ruido tremendo de la lucha de Bagheera contra los monos. Era fácil oír los aullidos, el chasquido de las mandíbulas, el resoplar de Bagheera mientras avanzaba y retrocedía, buscando posiciones defensivas contra el enorme montón de sus enemigos. Sólo trataba de salvar su pellejo. Le sucedía eso por primera vez en su vida.
«Seguro que Baloo anda cerca. Bagheera jamás habría venido sola a esta misión», pensó Mowgli. Entonces gritó con todas sus fuerzas:
—Bagheera, a las cisternas. Zambúllete completamente.
Bagheera oyó repetir la indicación. Al ver que Mowgli estaba a salvo, sintió que sus fuerzas renacían. En un esfuerzo desesperado, despacio, se fue abriendo camino hacia las cisternas. Golpeaba en el más absoluto silencio. Fue entonces cuando oyó una voz, que llegaba desde las ruinas del muro próximo a la Selva. Era un grito salvaje, el de Baloo. Aunque había hecho todo lo posible, no había podido llegar antes.
—Bagheera, estoy contigo —gritó—. Subo. Voy a ayudarte. ¡Brrr! Todo resbala bajo mis pies. Espérame. Malditos monos.
Casi sin aliento llegó a la terraza. Quedó prácticamente enterrado por un enorme montón de monos. Se afianzó sobre las patas traseras. Con las delanteras iba cogiendo monos, golpeándolos unos contra otros. Se oía el iplafl, iplafl, algo parecido al chapoteo de las palas de la rueda de un barco de vapor. Se sintió satisfecho cuando el ruido de un cuerpo que caía en el agua le hizo ver que Bagheera había alcanzado las cisternas. Allí los monos no podían perseguirla.
La pantera estaba metida en el agua hasta el cuello. El cansancio hacía difícil su respiración. Los monos vigilaban desde las orillas. Se les notaba una enorme agresividad. Estaban claramente dispuestos a echarse sobre Bagheera en cuanto hiciera el menor intento de salir del agua. La pantera levantó la cabeza desesperada, buscando protección, y lanzó un grito que entienden muy bien las serpientes: Tú y yo tenemos la misma sangre.
Temió que Kaa se hubiera echado atrás en el último momento. Baloo no pudo evitar la risa cuando vio que hasta Bagheera pedía auxilio. Tampoco el se encontraba demasiado bien, medio aplastado por los monos y empujado hasta el borde de la terraza.
En ese momento, Kaa salvaba el muro del oeste. Al coronarlo, su enorme cuerpo desprendió una piedra que fue a caer al foso. El terreno le era muy favorable. Se alegró. Hizo ejercicio formando una serie de anillos y desenroscándose luego. Notó que estaba en perfecta forma para la lucha.
Así se preparó, mientras Baloo seguía protagonizando la batalla. Los monos aullaban alrededor de la cisterna donde se encontraba en apuros Bagheera.
Mang, el murciélago, volando en todas direcciones, llevó la noticia de la gran batalla a toda la Selva. Hathi, el elefante salvaje, comenzó a barritar. Los monos acudieron desde todas partes, aun desde los sitios más lejanos, para ayudar a sus hermanos en la batalla de las Moradas Frías. Cundieron la alarma y la alerta entre todas las aves diurnas.
Kaa, sintiendo el ciego instinto de matar, atacó sin titubeos, con enorme rapidez. Una serpiente pitón es temible en un primer ataque por el poder destructor que tiene su cabeza. Parece como si comunicara a esa zona toda la fuerza de su enorme cuerpo. Es como una lanza, un ariete o un martillo de media tonelada. Y ese enorme peso está movido por una inteligencia fría, metódica, calculadora, asesina, que se balancea en lo alto de un larguísimo palo. Aun midiendo solamente un metro, una serpiente pitón puede derribar a un hombre hecho y derecho si lo golpea de lleno en el pecho. Imaginaos lo que serían atacando los nueve metros de Kaa. Embistió, para empezar, hacia el centro de la enorme masa de monos que aplastaba a Baloo. Lo hizo en un silencio perfecto. No necesitó repetir el ataque. Los monos huyeron despavoridos gritando:
—¡Es Kaa. Corred. Poneos a salvo!
Kaa había sido el terror de generaciones enteras de Bandar–log. Todos se portaban bien con sólo nombrarla. Kaa era capaz de deslizarse por las ramas con el silencio de la más tenue brisa, el silencio del musgo mientras crece. Y al mismo tiempo envolvía en sus anillos, en un abrazo mortal, al mono más fuerte. La vieja Kaa adoptaba todos los disfraces: una rama muerta, un árbol carcomido. Caían en la trampa hasta los más hábiles. La rama los rodeaba con sus anillos y se los llevaba. Por eso Kaa era para los monos lo más temible de la Selva. Nadie conocía los límites de su poder. Nadie se atrevía a mirarla cara a cara. Ningún mono había escapado con vida de sus anillos. Por eso huyeron como locos a refugiarse donde pudieron: en los muros, los techos, las casas. Baloo empezó a respirar. Aunque tenía la piel más resistente que su amiga Bagheera, había sufrido en la lucha. Entonces, Kaa lanzó un silbido largo y penetrante, como suelen hablar los pitones. Los monos que acudían en ayuda de sus amigos se quedaron en los árboles, petrificados por el miedo. Cesó el griterío de todos los que se habían refugiado por allí. En el silencio que reinó entonces en la ciudad abandonada, Mowgli oyó cómo Bagheera salía de la cisterna y se sacudía el agua.
Se oyó de nuevo el griterío anterior. Los monos buscaron mayor altura en los muros. Se agarraban al cuello de las estatuas y subían a lo más alto de las defensas de la muralla. Mowgli, que bailaba de alegría en el cenador, miraba todo a través de los calados. Incluso imitaba al búho como para burlarse del terror de los monos, y manifestar su alegría.
—Kaa, saca a nuestro amigo de la trampa. Me siento sin fuerzas —dijo Bagheera—. Vámonos cuanto antes. Nos podrían atacar de nuevo.
—Sólo se moverán cuando yo se lo mande. ¡Quietos todos! ¡Psshs! —silbó Kaa, y la ciudad recobró su silencio. Kaa se dirigió de nuevo a Bagheera:
—No me fue posible llegar antes, hermana. De todos modos, creo que oí tu llamada.
—Es posible que gritara en medio de la lucha —contestó Bagheera—. ¿Cómo te encuentras, Baloo? ¿Te han hecho daño?
—Me han zarandeado de tal modo que creo que en estos momentos en vez de ser uno soy un centenar de oseznos —contestó con mucha seriedad Baloo estirando las patas—. ¡Wuaaa! Siento dolores por todo el cuerpo. Kaa, Bagheera y yo te debemos la vida.
—No tiene importancia. ¿Dónde está el hombrecito?
—Aquí, en la trampa. No puedo encaramarme y salir de ella —les gritó Mowgli dándose cuenta de que tenía sobre su cabeza la cúpula rota.
—Sacadlo cuanto antes de aquí. Está bailando locamente al estilo de Mao, el pavo real. Si continúa así, aplastará a alguna de nuestras crías —dijeron las cobras.
—¡Ja! ¡ja! ¡Qué gracia! —exclamó Kaa riendo—. El cachorro humano tiene amigos en todas partes. Mowgli, retírate. Y lo mismo vosotras, Pueblo Venenoso. Voy a derribar la pared.
Tras un detenido examen, Kaa descubrió una grieta en la pared de mármol. Era el punto débil. Calculó la distancia, se levantó a una altura de unos dos metros y propinó al muro unos cuantos testarazos. Su nariz fue lo primero que chocó contra el mármol. Cayó el cenador entre ruido y polvo, Mowgli salió por el boquete que se había abierto y fue a colocarse entre Baloo y Bagheera, echando un brazo al cuello de cada uno.
—¿Te han echo daño? —preguntó Baloo emocionado, abrazándolo.
—Tengo dolores por todas partes, estoy hambriento y mi cuerpo es un puro cardenal; pero ¡cómo os han puesto a vosotros! ¡Estáis cubiertos de sangre!
—Otros han pagado también el tributo de la sangre —y, mientras lo decía, Bagheera miraba el montón de monos muertos que había en la terraza y cerca de la cisterna.
—Pero lo nuestro no tiene importancia. Lo importante es que estás a salvo, vida mía, mi orgullo —dijo Baloo hipando emocionado.
—De todo habrá tiempo de hablar luego —dijo Bagheera sembrando la inquietud, por su tono seco, en el corazón de Mowgli—. Pero ahí está Kaa, a la que debemos tú, tu vida, y nosotros haber ganado la batalla.
Cuando Mowgli se volvió, vio a escasa distancia de su cara la cabeza de Kaa balanceándose.
—¡Bueno! Así que éste es el hombrecito —dijo Kaa mirándole fijamente—. Tienes la piel muy fina y te pareces mucho a los monos, los Bandar–log. Ten cuidado, hermano. Es posible que algún día, hacia la hora del crepúsculo, después de haber cambiado mi piel, en los días en que me encuentro más baja de vista, me equivoque y te confunda con un mono.
—Tú y yo tenemos la misma sangre —dijo Mowgli—. Me has salvado la vida hace unos momentos. En agradecimiento, cuando tengas hambre y yo haya cazado, será todo para ti, amiga Kaa.
—Mil gracias, hermano —dijo Kaa al mismo tiempo que sus ojos brillantes despedían destellos de malicia—. Me gustaría saber lo que mi hermano, este fiero cazador,
es capaz de matar. Te pido permiso para seguirte cuando vayas de cacería.
—En realidad, de momento no soy capaz de matar presa alguna. Soy todavía demasiado pequeño. Pero asusto a las cabras y las envío astutamente hacia el lugar donde están quienes pueden matarlas. Si algún día tienes el vientre vacío, te vienes conmigo y te convencerás de que no te estoy engañando. Manejo con destreza estas manos que ves —y entonces se las mostró—. Y es más, si algún día caes en una trampa, te pagaré la deuda que he contraído contigo hoy. Y lo mismo haré con Baloo y Bagheera. Sois realmente mis maestros. ¡Buena suerte!
—Ha hablado maravillosamente —dijo Baloo admirando la habilidad con que Mowgli se había expresado para dar las gracias. Kaa dejó caer blandamente la cabeza sobre el hombro del muchacho, mientras le decía:
—Tu corazón es grande y tu lengua hábil. Entre las dos cosas llegarás muy lejos en la Selva. Pero ahora márchate con tus amigos. Vete a dormir. La luna va a desaparecer y no quiero que veas lo que va a suceder aquí.
La Luna se hundía silenciosamente tras las colinas. Los monos parecían una guirnalda en los muros y salientes del escenario de la lucha. Baloo se fue a la cisterna a beber un largo trago de agua. Bagheera empezó a acicalar su piel con todo cuidado. Entonces Kaa, con un extraño chasquido de mandíbulas, se dirigió hacia el centro de la terraza. Los monos prestaron la máxima atención.
—Se nos ha escondido la Luna. De todos modos, ¿hay luz suficiente para que me veáis? —dijo Kaa.
—Kaa, te vemos perfectamente —fue la respuesta unánime y aterrada.
—Perfecto. Empieza la Danza. Conocéis mi Danza del Hambre. Quietos todos y mirad.
Se enroscó un par de veces en forma de anillos enormes. Balanceaba la cabeza de derecha a izquierda. A continuación, empezó una Danza de óvalos y extraños ochos, triángulos sin vértice, cuadrados, toda clase de figuras. Siempre al mismo ritmo, sin descanso pero tranquilamente, acompañando todos los movimientos con un raro zumbido.
Al mismo tiempo fue oscureciendo. Al final ya no se veían los movimientos de Kaa, pero seguía imperturbable el ruido de sus escamas. Baloo y Bagheera se quedaron petrificados, quietos, lanzando aullidos lastimeros. Mowgli no acababa de entender aquello, sobre todo la actitud de sus amigos.
—Bandar–log —dijo Kaa—, ¿sois capaces de mover cualquier parte de vuestro cuerpo sin que yo os lo mande? Hablad, espero vuestra respuesta.
—No, Kaa. No podemos movernos si tú no nos lo indicas.
—Entonces, dad un paso. Acercaos.
Los monos, sin fuerzas, se fueron hacia adelante, como, inconscientemente, también Baloo y Bagheera.
—Más cerca todavía —les silbó Kaa. De nuevo se movieron.
Mowgli se apoyó sobre sus amigos para apartarlos de allí. Los animales echaron a correr. Parecía que salían de una horrible pesadilla.
—Por ningún motivo separes tu mano de mi lomo —murmuró Bagheera—. Si te separas de mí, iré ciegamente hacia Kaa.
—¿Pero no os dais cuenta de que lo único que hace es trazar círculos en el suelo? —dijo Mowgli—. Vámonos —y los tres se fueron a todo correr a través de las murallas hacia la Selva.
—¡Uff! —exclamó Baloo al encontrarse sano y salvo bajo los árboles—. Jamás buscaré otra vez la ayuda de Kaa.
—Es más sabia que nosotros —y se notaba claramente el temblor de Bagheera—. Si me hubiera quedado un rato más en la terraza, habría ido a parar a su inmensa boca.
—¿Cuántos serán los que vayan a parar a ella antes de que salga la Luna de nuevo? —dijo Baloo—. Va a tener una caza maravillosa, pero a su estilo.
—Bueno, ¿queréis explicarme lo que significaba todo aquello? —dijo Mowgli—. Lo único que vi fue a la enorme pitón trazando estúpidos círculos. Tenía la nariz tremendamente hinchada. Era hasta gracioso —el niño desconocía el poder de fascinación de Kaa.
—Mowgli, si estaba hinchada su nariz, tú eres el culpable. Como eres también el culpable de que no haya parte alguna de mi cuerpo que esté libre de mordiscos: mi cuello, mis orejas, mis patas... Ni Baloo ni yo podremos salir de caza en varios días.
—No tiene importancia —dijo Baloo—. De todos modos, hemos recobrado a nuestro amigo.
—Tienes razón, pero hemos empleado un tiempo precioso. Hubiéramos estado muy bien cazando. Hemos sufrido heridas, hemos perdido el pelo —parece que han arado en mi espalda— y hemos puesto en juego nuestra honra. Ten en cuenta, Mowgli, que yo, la pantera negra, tuve que pedir auxilio a Kaa. Y tú viste cómo Baloo y yo quedamos hipnotizados como pajarillos ante la Danza del Hambre. Y todo porque se le ocurrió ir a jugar con los monos.
—Tenéis razón —afirmó con tristeza Mowgli—. He sido muy malo. Algo me lo dice en el alma.
—¿Qué establece la Ley de la Selva, amigo Baloo?
Éste no quería disgustar más a Mowgli, pero tampoco podía, permitir que se conculcara la Ley. Por eso dijo:
—Me acuerdo. Ha cometido una falta y tiene que ser castigado físicamente. ¿Qué dices a eso, Mowgli? —Nada. Está claro que hice mal y, además, por mi culpa vosotros estáis heridos.
Bagheera le propinó entonces media docena de golpes. Lo hizo cariñosa y suavemente. Nada habría supuesto si hubiera pegado a sus cachorros, pero para un muchacho aquello resultó una monumental paliza. Cuando terminó, Mowgli se enderezó sin decir palabra.
Ahora, siéntate en mi lomo —dijo Bagheera— y vamos a casa.
La maravilla de la Ley de la Selva es que el castigo salda todas las cuentas pendientes. El asunto queda absolutamente zanjado.
Mowgli se tendió sobre el lomo de Bagheera, apoyó la cabeza y se quedó profundamente dormido. No despertó ni cuando lo depositaron junto a Madre Loba en la cueva donde tenía su hogar.
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