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El timo del arte contemporáneo

28 de Septiembre de 2017;
Al igual que en el maravilloso cuento de Hans Christian Andersen, El traje nuevo del emperador, el mencionado emperador se paseaba desnudo montado encima de un caballo por la ciudad pensando que tenía unos bellos ropajes encima, y todo el gentío comentaba y se reafirmaba en lo bonito que era el traje, eso mismo ocurre con el arte contemporáneo.

Aunque parece algo sencillo de entender, la cosa tiene su miga. El arte contemporáneo adolece de una de las características que debería tener el arte: que sea bonito. O por lo menos eso es lo que Miguel Ángel pretendía, entre otras cosas, con sus esculturas y pinturas. o Velázquez. Pero no. El arte contemporáneo no es bonito. Más bien, es feo. Incluso hay algunas obras feístas que desean y anhelan fervientemente ser feas. El arte contemporáneo lo es, simplemente. No lo anhela. Anhela ser bonito. Pero es feo. Quizá, como la fotografía primero y después el cine, incluyendo el cine de animación, pugnan con éxito por ser bonitos, quizá la pintura y la escultura de hoy, por diferenciarse, sean feas.

He leído la biografía -ciertamente tendenciosa- de Wikipedia de un artista que murió a los 27 años, norteamericano, máximo exponente del neoexpresionismo, una cierta deriva del -ya- antiguo expresionismo a secas y del expresionismo abstracto. El artista al que me refiero es el conocido como Basquiat. Hoy, este artista, y algunos otros, son encumbrados por la crítica especializada como los genios de segunda mitad del siglo XX. He visto algunas obras de este pintor y no he podido evitar sentir un cierto estupor -como creo que se debe estar notando en este artículo-. Con firmeza aunque ciertamente dubitativo he de decir que su obra me parece fea. Demasiado conceptual y a la vez poco profunda. Pero sobre todo no grata a los ojos.

El arte contemporáneo se escapa del gusto del pueblo. Es solo apreciado por críticos de arte especializados y por adinerados que gastan sus cuartos en estas obras de arte, ciertamente excéntricas. En un mundo en el que la energía es prácticamente ya ilimitada y renovable, en un mundo en el que el dinero comienza a carecer de sentido -ahí podemos ver a ciertos partidos progresistas que quieren instaurar la conocida como renta básica universal-, o en un mundo donde los subsidios son ilimitados, por lo menos aquí en Europa, los excedentes de los ricos se gastan en estas obras de arte que son tan obtusas que no se entienden, y por ello mantienen la excentricidad mencionada que es el lujo actualmente.

¿El culpable de todo esto? Quizá, el último gran artista. Picasso. Fue él el que comenzó a desviarse de la realidad para desembocar en algo ininteligible que es el arte contemporáneo actual. Hubo otros, como Kandinsky, o Dalí, que tímidamente huían de la realidad, pero fue Picasso el que capitalizó la apertura de la caja de los truenos de lo insulso y lo feo.

Por ello, y volviendo al comienzo del artículo, si usted lector se ha sentido alguna vez al apreciar arte contemporáneo como una persona que está viendo a un emperador desnudo y que supuestamente lleva un precioso traje, sepa que no está solo.
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