Sobre el momento álgido de una obra literaria, musical o cinematográfica
18 de Julio de 2020; redacción Arscodex
En esta ocasión venimos a comentar brevemente algo que si bien en algunas disciplinas artísticas está muy documentado, en otras existe vacío escolástico sobre el asunto. Nos referimos al momento álgido de una obra de arte, eminentemente secuencial, como puede ser principalmente una obra literaria (incluido el cómic), una composición musical o un filme.
Así, en la música electrónica moderna hablamos del "subidón" (en español) o de la "gota" (drop, en inglés), como momento álgido de una obra de estas características, momento para el que el resto de la obra trabaja y al cual se supedita. En la literatura podríamos hablar del desenlace o hitos importantes en la trama de la obra escrita, y en el cine pues podemos hablar del momento álgido de la película, es decir, principalmente cuando ésta se resuelve, deseadamente de manera positiva; este momento suele manifestarse en el espectador con una sensación de euforia para las películas de acción y aventura y en el "echar la lagrimita" para los dramas.
Y es que es preciso que todo filme que se precie tenga uno o varios momentos álgidos, siendo deseable que sea el último el más fuerte (el desenlace), aunque no es estrictamente necesario, recordemos el arte es libre. Es necesario también para todo buen filme que ese momento álgido signifique que el espectador rompa a llorar, como cuando el agua rompe a hervir. Y es que, je, je, no nos engañemos, el espectador está dispuesto a sufrir un poquito en el cine, ya que baja sus defensas y se presta a que el creador de la película le dé algún que otro sobresalto emocional, de manera controlada por supuesto.
Así, en los filmes buenos que se precian debe haber un momento álgido por cada treinta minutos de metraje, si por ejemplo estamos hablando de un largometraje sencillo de 60 minutos habrá aproximadamente dos momentos álgidos, siendo el primero de menor intensidad y situado temporalmente en torno a la mitad de la duración de la película. En el filme estándar de 90 minutos, preferido por la industria, debería haber tres, uno cada treinta minutos, como hemos comentado.
Bueno, y, finalmente la guinda del pastel está, como debe ser, en alguna parte, y esa parte es la sección musical. El filme bueno que se precie debe tener una potente banda sonora, deseablemente original y dedicada, reconocible y fuerte musicalmente, que se manifestará en todo su esplendor en los momentos álgidos y que servirá como condimento secreto para realmente hacer despegar las emociones del espectador, y por tanto hacer despegar la atracción por el filme por parte del público en general.
Como ejemplos, podemos mencionar los trabajos de Steven Spielberg o George Lucas añadiendo a estos dos nombres el de John Williams como la guinda del pastel. Pero también podemos mencionar algunas películas del estudio de Walt Disney con su fuerte banda sonora. Y para terminar, barriendo para casa, el trabajo del que escribe, Pedro Alonso Pablos, que haciendo uso de su técnica "solo filmmaking" puede modular y modelar a gusto y disgusto (del espectador, se entiende) las secuencias de sus filmes para conseguir el efecto deseado, es decir, un momento álgido fuerte, en el que el espectador no puede hacer más que desarmarse por completo y romper a llorar. Y cuanto más llore, mejor, je, je, je (cinematográficamente hablando, claro).
Así, en la música electrónica moderna hablamos del "subidón" (en español) o de la "gota" (drop, en inglés), como momento álgido de una obra de estas características, momento para el que el resto de la obra trabaja y al cual se supedita. En la literatura podríamos hablar del desenlace o hitos importantes en la trama de la obra escrita, y en el cine pues podemos hablar del momento álgido de la película, es decir, principalmente cuando ésta se resuelve, deseadamente de manera positiva; este momento suele manifestarse en el espectador con una sensación de euforia para las películas de acción y aventura y en el "echar la lagrimita" para los dramas.
Y es que es preciso que todo filme que se precie tenga uno o varios momentos álgidos, siendo deseable que sea el último el más fuerte (el desenlace), aunque no es estrictamente necesario, recordemos el arte es libre. Es necesario también para todo buen filme que ese momento álgido signifique que el espectador rompa a llorar, como cuando el agua rompe a hervir. Y es que, je, je, no nos engañemos, el espectador está dispuesto a sufrir un poquito en el cine, ya que baja sus defensas y se presta a que el creador de la película le dé algún que otro sobresalto emocional, de manera controlada por supuesto.
Así, en los filmes buenos que se precian debe haber un momento álgido por cada treinta minutos de metraje, si por ejemplo estamos hablando de un largometraje sencillo de 60 minutos habrá aproximadamente dos momentos álgidos, siendo el primero de menor intensidad y situado temporalmente en torno a la mitad de la duración de la película. En el filme estándar de 90 minutos, preferido por la industria, debería haber tres, uno cada treinta minutos, como hemos comentado.
Bueno, y, finalmente la guinda del pastel está, como debe ser, en alguna parte, y esa parte es la sección musical. El filme bueno que se precie debe tener una potente banda sonora, deseablemente original y dedicada, reconocible y fuerte musicalmente, que se manifestará en todo su esplendor en los momentos álgidos y que servirá como condimento secreto para realmente hacer despegar las emociones del espectador, y por tanto hacer despegar la atracción por el filme por parte del público en general.
Como ejemplos, podemos mencionar los trabajos de Steven Spielberg o George Lucas añadiendo a estos dos nombres el de John Williams como la guinda del pastel. Pero también podemos mencionar algunas películas del estudio de Walt Disney con su fuerte banda sonora. Y para terminar, barriendo para casa, el trabajo del que escribe, Pedro Alonso Pablos, que haciendo uso de su técnica "solo filmmaking" puede modular y modelar a gusto y disgusto (del espectador, se entiende) las secuencias de sus filmes para conseguir el efecto deseado, es decir, un momento álgido fuerte, en el que el espectador no puede hacer más que desarmarse por completo y romper a llorar. Y cuanto más llore, mejor, je, je, je (cinematográficamente hablando, claro).
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